Nuestra visión.

ViveLibre y las propiedades emergentes

ViveLibre representa mucho más que el nombre con que ATAM denominará a partir de ahora a su plataforma de servicios para la autonomía personal. ViveLibre expresa la simbiosis entre la tecnología digital más avanzada y la experiencia de más de 40 años atendiendo a personas con necesidades especiales.

Podemos afirmar que ViveLibre cuenta con la tecnología más avanzada que puede encontrase hoy en día en este tipo de servicios. Estamos ante un sofisticado sistema que nos permite personalizar el servicio como ningún otro y alcanzar una gran precisión a través de su amplio sistema de alertas y funcionalidades. Sin embargo, esa no es la importancia última de ViveLibre.

Cuando los usuarios de ViveLibre nos cuentan su experiencia nos trasladan un mensaje mucho más profundo que lo que inicialmente uno pudiera esperar de un sencillo servicio que opera sobre el Smartphone. Vivimos una verdadera profusión de aplicaciones móviles y nuevos modelos de negocio cada vez más ocurrentes. Pero, de alguna manera, el nuevo mundo digital se comporta en ocasiones como un escenario muy efímero. Todo cambia y se transforma constantemente.

movilmano

Quienes tenemos a nuestro cargo a personas que requieren un cuidado especial necesitamos algo más que une mera solución tecnológica. Necesitamos modelos de instituciones en las que poder confiar: por su profesionalidad, sus valores y su consistencia. Para poder confiar en una Organización necesitamos creer que estará allí mañana, cuando la necesitemos. Cuidar de la salud, la seguridad y la autonomía personal de nuestros seres queridos requiere estabilidad en el tiempo y, en un mundo tan mudable como el actual, este es un valor escaso.

Vivimos en un mundo incrementalmente complejo. Las instituciones tradicionales del mundo sociosanitario fueron diseñadas mayoritariamente en un mundo estable, casi inmutable, mucho más sencillo, dominado por procesos lineales y simples. Necesitamos dotarnos de nuevos modelos institucionales; organizaciones propias del mundo digital, que habrán de ser diseñadas para afrontar una realidad compleja. Dar solución a necesidades complejas exige a su vez crear sistemas más complejos. Resulta paradójico, pero solamente los sistemas complejos pueden ofrecernos soluciones sencillas.


Recientemente tuve ocasión de asistir a una conferencia de D. Higinio Marín, gran profesor de filosofía. De él aprendí que la palabra “complejo” viene del latín “complexus” y significa “hecho de una sola pieza”, esto es, sin costuras. Así habrán de estar diseñados los sistemas operativos para la provisión de servicios de atención a personas con necesidades de apoyo: de una sola pieza. En términos de management, esto significa la integración de la cadena de valor.

ATAM ha venido trabajando durante más de diez años en un proceso de reingeniería por el que ha integrado todos los elementos y competencias organizacionales que le permiten ofrecer un servicio de una sola pieza: sin costuras. De este modo, ViveLibre controla desde el contacto directo con el usuario hasta el desarrollo de las soluciones tecnológicas, pasando por un equipo clínico experto en discapacidad y dependencia, una red profesional de apoyo psicosocial a familias y un contact center con más de 400 teleoperadores.

alarmas VivelibreCuando un sistema operativo se encuentra totalmente integrado bajo una dirección única ofrece un resultado mucho mayor que la mera suma de sus partes. Esta es la otra gran característica de los
sistemas complejos: están dotados de propiedades emergentes. Esto significa que el conjunto del sistema cuenta con propiedades que son diferentes a las de las partes que lo componen. De la interacción dinámica entre las partes surgen propiedades nuevas. Solamente las propiedades emergentes de ViveLibre explican la experiencia de utilizar un servicio aparentemente tan sencillo.

Las propiedades emergentes son mucho más que una mera analogía con el mundo de la biología. Friedmund Malik, el célebre consultor austríaco, las considera un elemento fundamental para la competitividad de cualquier empresa. Malik las relaciona con lo que denomina Source of Value y tienen que ver con ese conjunto de principios y valores en los que la organización cree firmemente; esas creencias que sirven de base para una cultura compartida y dotan a la entidad de una fuerza especial para hacer aquello en lo que creen. En este caso, hablamos del compromiso que resulta tras 40 años atendiendo a personas con necesidades de apoyo y sus familias.

El Datalítico

Neolítico campo de trigo

Cuando éramos pequeños nuestros maestros nos enseñaron que el paso de la piedra tallada a la piedra pulida dio lugar a un nuevo periodo de la Historia llamado Neolítico. Sin embargo, es esta una visión muy reduccionista de lo que comportó tan impresionante periodo para la Humanidad.

Otros llamamos Neolítico al periodo que se inicia con el paso de la vida nómada a la sedentaria. Hubo un avance tecnológico mucho más transcendental que la mera técnica de pulir la piedra. Me refiero a la domesticación de plantas y animales. Con la llegada de  la agricultura, la ganadería y la vida sedentaria llegaron el orden social, nuevas jerarquías, la tribu y nuevas formas de pensamiento colectivo. El ser humano había puesto en marcha la sociedad tribal; una sociedad basada en el ideal de estabilidad. Cada nueva disrupción tecnológica provocaba una alteración de los equilibrios de fuerzas entre las distintas regiones de la tierra, pero la mente llevaba siempre a los humanos a soñar con restaurar el orden anterior.

Las disrupciones tecnológicas que alteraron los equilibrios de fuerzas entre los distintos grupos humanos y dieron lugar al desarrollo social normalmente tuvieron que ver con el acceso a la energía, el acceso a la información, la capacidad de gestionar el incremento de la complejidad y, como no, el poder militar. Esta es al menos la tesis del historiador y profesor de la Universidad de Stanford Ian Morris.Foto datalitico tierra

Hoy vivimos un proceso de profunda disrupción tecnológica. Hace cuarenta años no disponíamos de ordenadores personales, telefonía móvil, Internet, líneas ADSL, correo electrónico, redes sociales, Smartphone o tabletas. Ninguno de estos avances por sí solo es capaz de acabar con un estadio de la Humanidad. Sin embargo, una última derivada de la ecuación representa la palanca definitiva que nos llevará a un nuevo periodo de la Historia. Me refiero al Internet de las cosas. El mundo se está interconectando a una velocidad vertiginosa. Esto significa la globalización absoluta. Un mundo interconectado es un mundo complejo. Un universo en el que sus partes interactúan de manera exponencialmente mayor. De esas interrelaciones surge una realidad cuyas propiedades son nuevas y diferentes a las de sus partes.

La nueva realidad ya no es estática ni inmutable. Todo se mueve, cambia y se transforma. No estamos habituados a escenarios tan dinámicos y perdemos nuestros referentes. Consecuentemente, entramos en crisis. Requeriremos nuevas formas de pensamiento para interpretar la realidad. Es preciso que nos reencontremos con los valores universales que rigen nuestra existencia. Será fundamental entender cuáles son los grandes patrones que subyacen en las relaciones humanas. Una palabra alcanza así un valor principal: cooperación.

El nuevo estadio de la Humanidad trae consigo un manejo exponencialmente mayor de datos relativos a cada persona y a su entorno. Esto modificará radicalmente la actitud de todas las organizaciones de servicios a personas. Dejaremos de segmentar, clasificar y categorizar a las personas. Desarrollaremos respuestas absolutamente individualizadas. Cada persona será una categoría en sí misma. Entramos en el concepto que Jeremy Rifkin denomina enfermedad singular. Y haremos todo esto manteniendo al mismo tiempo una visión ecológica del ser humano como sujeto que interactúa con su entorno.

Esta nueva aproximación al ser humano requiere nuevas herramientas tecnológicas pero también nuevos sistemas operativos, nuevos modelos de instituciones e, incluso, una nueva forma de pensamiento. Todo esto está llegando a gran velocidad. Este cambio ya se ha producido. Seguimos la flecha del tiempo y las cosas no van a volver atrás. Estamos viviendo el final del Neolítico, que en contra de lo que decían nuestros libros de texto infantiles nunca había finalizado. Hemos entrado en una nueva era: ha llegado el Datalítico.

¿Comprendemos la complejidad?

Foto complejidad ciudad

Asistimos a un periodo histórico caracterizado por una extraordinaria disrupción tecnológica. Los cambios tecnológicos que estamos viviendo son más profundos, rápidos y radicales que los que nunca ha vivido la humanidad. Esta profunda transformación se manifiesta en campos como la robótica, la nanotecnología, la física de partículas, las nuevas fuentes de energía, la biotecnología, la genómica, la incipiente impresión en 3D o el desarrollo de nuevos materiales.

A todos estos avances debemos añadir el formidable avance de las tecnologías de la información y las comunicaciones que actúan de forma transversal potenciando el avance de toda la ciencia, la industria y la sociedad humana en general. El desarrollo de los nuevos ordenadores orgánicos y cuánticos representará un salto cuantitativo en la potencia de computarización. Este progreso habrá de servir de palanca al desarrollo de todas las sociedades humanas y al impulso de todas las disciplinas del saber.

De todos estos desarrollos tecnológicos, existe uno que tendrá un particular impacto en la vida de todos nosotros. Me refiero al efecto que produce Internet, un fenómeno que está acelerando el desarrollo de una sociedad interconectada y global. El efecto inmediato de la sociedad interconectada es el incremento radical, exponencial y acelerado de la complejidad. Particularmente decisivo va a resultar en un futuro próximo todo lo relacionado con lo que se ha dado en llamar el Internet de las cosas. Según refiere Jeremy Rifkin (La sociedad de coste marginal cero), en 2007 el número de sensores conectados al Internet de las cosas ascendía a 10 millones y en 2013 el número ya rondaba los 3.500 millones. Las previsiones apuntan a que en 2030 el número de sensores se aproximará a los 100 billones. La conexión de terminales y personas va a modificar sustancialmente nuestras relaciones, los modelos de negocio, las instituciones de la educación, la cultura, la forma en que nos comunicamos, la información que manejamos e incluso las conductas y comportamientos de la gente. El ser humano está viviendo una evolución como ser individual y como ser relacional que alcanza incluso alteraciones (epi) genéticas relacionadas con la neurología y el funcionamiento del cerebro.

Estamos por tanto ante una profunda transformación de las sociedades humanas en lo que se ha dado en llamar la Tercera Revolución Industrial. Hablamos de un nuevo estadio de la tecnología cuyos efectos pueden resultar menos aparentes que los producidos durante las revoluciones tecnológicas anteriores, pero que sin duda alcanzan dimensiones que, aunque más sutiles, comportan niveles mucho más profundos. Esto es así por incidir en lo más trascedente de las relaciones humanas: en su forma de interacción personal, su manera de emocionarse, en sus actitudes, en sus creencias, en sus valores y en su pensamiento. Es el fin del hombre ilustrado: entramos en el mundo digital.

Un mundo interconectado deviene indefectiblemente en un mundo más complejo. En la medida que avanzamos aceleradamente hacia un mundo más conectado se incrementa exponencialmente su complejidad. Para poder transitar por este nuevo mundo, habremos de familiarizarnos con las implicaciones que los sistemas complejos comportan para nuestras vidas.

Lo primero que debemos comprender es que un sistema complejo es un elemento en el que sus diferentes partes interactúan dinámicamente. Avanzamos pues, hacia un mundo más dinámico, en permanente cambio y transformación. Este movimiento se acelera de forma exponencial en la misma medida que avanza la tecnología que lo produce.

Un mundo así es impredecible y, por tanto incalculable. Consecuentemente, ya no podemos planificar. Tal y como nos enseña Ilya Prigogine en sus lecciones sobre la nueva ciencia, habremos de acostumbrarnos a un mundo esencialmente espontáneo e irreductiblemente incierto.

Las variaciones que se producen en los organismos complejos son acumulativas. He ahí otra característica de todo tipo de entidades: la ontogenia. Somos producto de nuestra historia pasada.

Toda disrupción forma parte de la historia de la evolución. Ningún organismo, ya sea biológico o social, escapa de los patrones que rigen su devenir. Para llegar a aprehenderlos en toda su dimensión necesitaremos realizar una incursión por la nueva ciencia, desde aproximaciones –entre otras– al mundo de la biología, la cibernética, la antropología o los avances relacionados con las ciencias de la salud.

En este contexto, las personas necesitan herramientas para lidiar con la complejidad. Entender todos estos conceptos y las leyes que los rigen nos dotará de instrumentos para encarar un mundo exponencialmente más difícil de interpretar. Pero necesitaremos asimismo nuevos mecanismos, nuevos modelos de instituciones sociales, nuevos servicios y modelos de cooperación entre los seres humanos. Esto es, en esencia, ViveLibre: un humilde pero ambicioso proyecto que nos irá dotando de herramientas para gestionar –y dirigir– nuestra propia vida.

El significado del tiempo

Camara de fuelle

Quienes hayan vivido la experiencia de emprender conocen la importancia del tiempo. La experiencia de poner en marcha cualquier nueva iniciativa pasa por superar diferentes hitos en la historia de la Organización. Comenzamos por la etapa que el profesor Pedro Nueno (IESE Bussines School) llamaba prenatal y continuamos por un periodo de mera subsistencia. Luego vendrán momentos de consolidación, expansión o desarrollo. Aprehender, esto es, interiorizar el significado del tiempo, se torna así en algo esencial para el emprendedor. Sin embargo, no he conocido a nadie capaz de definir el significado de esta palabra.

Todos estamos de acuerdo en que el tiempo es una magnitud de medida, pero naufragamos cuando intentamos identificar qué es aquello que el tiempo mide. Todos los intentos por hacerlo acaban en una referencia circular. Brian Greene (El Universo Elegante, 1999) propone una solución pragmática y define el tiempo como aquello que miden los relojes, esto es, “ciclos de movimiento perfectamente regulares”. Ya tenemos una primera asociación de ideas. A fin de cuentas, Einsten nos enseñó que el movimiento afecta al tiempo. Y el movimiento tiene igualmente un efecto muy importante sobre el espacio. Ya Aristóteles hizo del tiempo la medida del cambio.

Partimos culturalmente, por tanto, de una descripción mecánica que asocia el tiempo al desplazamiento en el espacio. El tiempo se convierte así en una medida del cambio en mi posición. Esta visión de la realidad nos transporta al mundo de la dinámica newtoniana; una física de trayectorias y procesos reversibles. Si ejercemos una fuerza adecuada sobre un cuerpo, actuando en el punto apropiado y en el sentido correcto podremos modificar su trayectoria. Modificando su trayectoria en sentido inverso alteraremos el transcurso del tiempo y sus efectos. Esta idea se encuentra fuertemente arraigada en el cuerpo de creencias que anida en nuestro subconsciente. Nos aferramos a un mundo estático, en permanente equilibrio, donde cualquier variación pueda ser corregida para volver a su ser. Aspiramos a que los procesos de la vida sean de carácter homeostático: cambiar para que todo siga igual.

De la misma manera que el hombre ilustrado aspira a dividir, descomponer, clasificar y categorizar la realidad, pretende atrapar una situación como si estuviera parada en el tiempo. Pero desde la época de la Ilustración hemos avanzado mucho en el conocimiento de la realidad. El pasado no existe más allá de nuestra memoria y no es más que un mapa mental representado por información registrada en lo más recóndito de nuestro cerebro. El pasado no volverá y el futuro no ha llegado. Podríamos pensar que únicamente existe el presente. Sin embargo, los neurofisiólogos nos muestran que desde la percepción por nuestros sentidos de los hechos que nos afectan hasta la toma de conciencia por nuestros mecanismos neuronales pasa un tiempo. En este sentido, nunca llegamos a conocer la realidad en un momento dado.

El tiempo no puede entenderse como un elemento estático de realidades inmutables sino como un proceso dinámico, como un continuum que no puede trincharse como si fuera un chorizo. La clasificación del tiempo en tres estados claramente diferenciados resulta útil para alcanzar cierta comprensión de las cosas, facilita la transmisión de información y aporta cierto componente práctico para la vida. Pero el tiempo solamente puede entenderse como un proceso dinámico que, como tal, forma parte de un curso continuo de cambio y transformación. No hay tiempo sin movimiento y no hay tiempo sin cambio. El periodista Pedro G. Cuartango lo explicaba de esta manera en uno de sus artículos:

“La cámara es un instrumento antinatural porque detiene el avance del tiempo y fija un instante para la eternidad. En la vida no podemos parar los momentos ni existe una moviola para contemplar nuestras reacciones. Por eso también la fotografía es un engaño, una falsificación que opera gracias a la complicidad de la imaginación”.

Durante el Siglo XX la ciencia de la dinámica dio paso a la ciencia de la termodinámica. Una ciencia de trayectorias y procesos reversibles fue remplazada por una visión científica del mundo basada en procesos irreversibles. La irreversibilidad es una característica común a todo el Universo. Tal y como nos enseñara YliaPrigogine (La nueva alianza: metamorfosis de la ciencia. 1979) los procesos reversibles representan una minoría dentro de los procesos de la naturaleza; significan una excepción. Asistimos a una realidad dominada por situaciones estocásticas, espontáneas e inciertas. La gran mayoría de cuanto acontece en la naturaleza tiene un carácter irreversible y comporta una metamorfosis sin vuelta atrás.

Esto nos conduce a una nueva concepción del tiempo que ya no se entiende como una medida del cambio en la posición o en el espacio, sino una transformación sin retorno. La entropía se convierte así en una unidad de medida del tiempo.

Nos encontramos viviendo un tremendo ejemplo de lo que Schumpeter denominó destrucción creativa. Sin embargo, a nuestro alrededor, mucha gente se aferra al pasado. Todavía muchos esperan que todo vuelva a ser como antes. La gente espera que alguien haga volver todo a la situación anterior. No han comprendido que el pasado ya no existe. La nostalgia es un ejercicio impertinente por inútil.

Nosotros mismos necesitaremos mudarnos mentalmente. Tendremos que desarrollar una sociedad que responda a nuevos patrones. Nuevos mecanismos de cooperación humana. El primer paso es transformarnos internamente. El segundo es modificar nuestro entorno. El futuro será de los que olviden el pasado. Como dijera el poeta: “a dónde hubieras sido feliz no habrás de volver”.