No quiero…, pero anhelo: ¡vivir libre!

Mujer vive felíz

No quiero que nadie me ayude.

No quiero consejos ni prédicas sobre lo que más me conviene.

No quiero ir al médico: siempre me dice lo mismo.

No quiero dejar mi hogar. Me fastidia pensar en pasar mis últimos años en una residencia.

No quiero…, pero anhelo: ¡vivir libre!

¿Saben? Después de toda una vida trabajando, criando a mis hijos, luchando por salir adelante, nunca me imaginé que tendría que afrontar la vejez viviendo sola. Pero lo cierto es que no me importa. Ya me he habituado y además, no me puedo quejar de mi familia. Vienen a verme a menudo. Y aún salgo a la calle, pero con ese dichoso aparato que tanto me fastidia. En el barrio debo ser una de las pocas que tiene que utilizar un andador para ir a la compra. Y lo peor es que ahora mis hijos me dicen que tenemos que ver eso de la dependencia y gestionar las ayudas para tener alguien que me ayude en casa. Si a mí lo que me gusta es ir a mi aire, coser, leer, juntarme con mis amigas para hablar de todo un poco, ver cómo pasa la gente por la calle y soñar. Soñar que vuelvo a la sierra dónde nací, que salgo a pasear con mi amiga del alma, disfrutando de par de mañana de la brisa y del rocío, de los olores a tomillo, romero y resina, ver los campos labrados y las huertas, y recordar. Me gusta mucho evocar esos tiempos en que los campos eran un bullicio de gente laborando. Suerte que me gusta tanto leer…

Quizás este sea el pensamiento recurrente de muchas personas mayores que viven solas. Un pensamiento repleto de emociones, de sueños y de deseos. Un pensamiento de luz y color, de evocaciones y recuerdos, pero también de futuro, de planes, de ganas de vivir y gozar. Un pensamiento que, a pesar de los temores, encuentra sus alas en el coraje de querer vivir libre, sin más reglas de convivencia que las propias, sin más obligaciones que las que uno mismo se crea e impone. Pero lo cierto es que la vejez se ve acompañada, muy a menudo, por instituciones y actitudes –a veces de los propios familiares- que tienden a una protección excesiva, cuando no a una pronta institucionalización de los cuidados y los apoyos. Y ante ello no resulta extraño que la persona mayor, esa persona que aún está aprendiendo a envejecer, se rebele y rechace todo tipo de apoyo, de consejo, de asesoramiento. Alguien afirmó una vez que “los extremos se tocan”. Alguien tan sabio como Blaise Pascal, que sustentaba, hace más de tres siglos, que “sólo la conjunción de la razón con el corazón puede constituirse en base del conocimiento humano”. Esa puede que sea la clave para salir de la situación angustiante que nos genera tener que escoger entre malo y peor, entre lo que no admitimos, porque nos coarta y nos obliga por encima de nuestro deseo, y lo que no aceptamos probar, porque nos falta el conocimiento que nace de un saber vivido, de una experiencia real y propia.

Ante el “no quiero” taxativo, como rebeldía natural a cualquier intento de imposición, bien sea de apoyos o ayudas, de admoniciones o asertos, hay un “si quiero” probar, descubrir, experimentar, conocer aquello que me permite vivir una vida más libre y más plena.

Volar, libertad, vivir.

Al fin, esa es la llave maestra para cualquier evolución o crecimiento; así aprendemos en nuestra más tierna infancia –tanteando, experimentado, equivocándonos, acertando y aprendiendo-, así podemos seguir desarrollando nuestras capacidades adaptativas y nuestra inteligencia a lo largo de las distintas etapas que la vida nos depare. Con esa actitud, estoica pero a la vez vitalista, Marco Tulio Cicerón, prócer y cónsul de la república romana, afirmaba que “la vejez, lejos de ser lánguida, puede ser activa, si se ocupa siempre en hacer o proyectar algo, de acuerdo con las propias inclinaciones, usando lo que se tiene y de acuerdo con nuestras fuerzas”. Un consejo, este sí, que no encuentra fecha de caducidad a pesar del paso del tiempo. Poder realizar lo que anhelamos, “usando lo que se tiene y de acuerdo con nuestras fuerzas”, es algo que está a nuestro alcance.

Y si dejamos volar la imaginación y nos imaginamos en una máquina del tiempo, volviendo al siglo XXI, a los primeros años de este siglo incierto, sería maravilloso poder conversar con una mujer sabia y valiente como fue Rita Levi Montalcini, Premio Nobel de Medicina y brillante investigadora sobre el cerebro humano, para deleitarnos con alguno de sus acertados pensamientos:

“No temas a las dificultades: lo mejor surge de ellas.”

“En lugar de añadir años a la vida, es mejor añadir vida a los años.”

No temer y añadir vida a los años. ¡Que maravillosa senda por descubrir!

Pero, ¿sin ningún tipo de ayuda? Ahí es donde está la gran diferencia. A mi entender, no se trata de rechazar aquellas ayudas, apoyos o elementos que nos permiten vivir una vida más plena, más libre, más auto-realizada. No se trata de rechazar de plano lo que los avances técnicos, científicos y humanos nos aportan en la actualidad. Se trata de escoger cuáles son esos apoyos, esas herramientas, actividades o soluciones que mejor se adaptan a nuestras decisiones, proyecto y deseos. Se trata de acrecentar lo que podemos hacer utilizando todo aquello que nos permite vivir con más salud y mayor libertad. Algo que comporta tomar una decisión esencial: nunca es tarde para aprender, nunca es tarde para escoger vivir una vida más plena. Nunca es tarde para aceptar que nuestro cuerpo cambia, pero que nuestro corazón y nuestra mente casi siempre nos ofrecen nuevas oportunidades para crecer.

Así que, si ahora mismo, me encontrara con esa valiente mujer que nos hablaba al principio de este breve relato –María, por no dejarla en un completo anonimato-, no pretendería cambiar su manera de pensar o sus deseos, sus sueños, su aliento vital. Sólo me atrevería a decirle que un caminador, o una silla eléctrica, o un determinado dispositivo inteligente para mejorar su salud y su autonomía, no son más que útiles para vivir mejor…cómo lo son una sartén, un teléfono, una bicicleta o un quirófano. Y si necesitara el apoyo de profesionales del ámbito social o de la salud, le sugeriría que los vea como tantos otros profesionales que hacen posible el progreso y la evolución de nuestra sociedad. Porque lo más importante, sea cual sea nuestra condición de salud y de capacidad, no es tener que contar con apoyos, algo consubstancial al propio devenir humano; lo más importante es poder elegir, poder decidir qué vida queremos vivir.

Fotografía: Flickr

5 comentarios
  1. Víctor Bayarri
    Víctor Bayarri Dice:

    Querido amigo Sinto,
    Estoy de acuerdo contigo. Lo esencial no son las herramientas, lo son las personas y la calidad humana que llegan a alcanzar.
    La calidad de sus valores y de las relaciones que viven con otras personas.

    Pero lo cierto es que siempre usamos herramientas y técnicas, incluso las palabras suponen un útil para comunicarnos. Un útil muy valioso que no siempre sabemos usar de la mejor manera posible.

    Así, imperfectos, humanos como somos, creo que no está de más reconocer nuestras limitaciones y procurar superarlas o atemperarlas con aquello que este a nuestro alcance. En ocasiones, aceptar que hemos de usar un bastón supone un inmenso reto psicológico.

    Ese, he intentado, que sea el espíritu del artículo. Un espiritu que evoca la capacidad de superación de mis abuelas…mujeres maravillosas!

    Un abrazo,

    Víctor




    1
    Responder
    • Víctor
      Víctor Dice:

      Si Manuel, a menudo descubrimos lo que nos resulta más valioso negando lo contrario. En cualquier caso, conquistar la libertad de decidir es un trabajo que requiere grandes dosis de valor y de constancia.




      1
      Responder
  2. Sinto petit
    Sinto petit Dice:

    Bien, quizás mi visión desde el materialismo puro, por tanto, no comerciar con nada, ni mucho menos con los sentimientos, hace que, por un lado esté totalmente de acuerdo, pero, por otro lado, quizás discrepe un poco en el mecanicismo y el mercantilismo que creo entender en el escrito.

    Estoy totalmente de acuerdo en que cuantas más facilidades y más comodidades se nos ofrezcan, nuestro nivel de vida será mucho mejor. Pero, entiendo que los seres humanos, de nada nos sirve todos los proyectos, todas las facilidades, todas las comunidades si todo ello no va acompañado del verdadero AMOR, no del amor mercantilista al que estamos acostumbrad, no. Si al AMOR que sólo entiende de comprensión, respeto y de compartir, que rechaza las cadenas, sobretodo las emocionales, que nada quiere saber de comprar y vender, sobre todo de sentimientos. Todo lo que no vaya acompañado por una motivación no competitiva, hará que los seres humanos evolucionen positivamente.

    Escuchaba a Chavela Vargas, en una de sus canciones, y decía “de qué me sirve la vida si tu no estás”. Quizás deberíamos preguntarnos “de que le sirve a nadie las comodidades, las facilidades, las máquinas, etc. si no hay con quien compartir nada”. Evidentemente, a mí me han servido de mucho las máquinas y aparatos que he utilizado durante tres años y sus cinco intervenciones quirúrgicas. Me han calmado dolores, me han ayudado a adelantar las respectivas recuperaciones y han conseguido que no tuviera que depender de nadie. También puedo afirmar que las máquinas, aparatos y medicamentos, no consiguieron motivarme a seguir viviendo, a seguir trabajando para no abandonar la vida. En más de una ocasión, mi “cobardía” frenó mi suicidio. Claro, conozco a mucha gente, así, a brote pronto, más de trescientas cercanas y unos cientos de trato muy simple, algunas personas dicen ser mis amigas, jajaja, disculpen la risa. También soy padre de dos mozuelas, cuento con madre y cuatro hermanos, varios sobrinos y cinco sobrino-nietos. Sí, totalmente cierto. En el pueblo, varios primos segundos y tres primos hermanos en Barcelona. Su presencia en el hospital o en casa, excepto una hija, madre y una hermana, nula. Hecho el inventario ¿humano? me he sentido más solo que cuando no hago ningún recuento y me acompaño de mi sincera soledad. ¿De qué me sirven las máquinas, los adelantos, los medicamentos si no puedo reír con nadie, o tomar un café, o no poder sentir su voz o… ? todo lo contrario

    No quiero extenderme más, no quiero que alguien piense que estoy llorando mis miserias y exigiendo caridad. Sólo añadir, que el corazón sólo tiene que ver con la mente por su excitación provocada por los pensamientos, no influye en nuestro cuerpo-mente, tan solo bombea sangre. Y que de nada sirven aparatos y medicamentos si con ello sólo conseguimos mejorar lo físico pero no va acompañado de lo sentimental. ¿quién va a organizar un proyecto de vida si no puede compartir? Si con nadie puedo compartir, ¿de qué me sirve vivir? Seguramente si se añadiera humanidad a los aparatos y medicamentos, disminuirían las visitas a los médicos y hospitales.
    Sinto petit




    0
    Responder
    • Carmen
      Carmen Dice:

      Yo creo, que el “verdadero amor” está en uno mismo, que la motivación hemos de buscarla incesantemente a lo largo de la vida de manera individual y siendo diferente en cada uno. Somos seres sociales y la tendencia es estar en compañía. Pero la responsabilidad de ser felices recae sobre uno mismo. Creamos una sociedad y vivimos condicionados a ella y tal y como mencionas; “…me he sentido más solo que cuando no hago ningún recuento y me acompaño de mi sincera soledad”, a pesar de que esa compañía a veces, nos haga sentir más soledad que cuando físicamente lo estamos. Por lo que comprensiblemente siempre habrá personas que prefieran estar solas a estar acompañadas físicamente pero sintiéndose solas emocionalmente. Aún así, por encima de todas las cosas está la libertad de escoger, de manera individual, y a nadie le pueden decir lo contrario de lo que está sintiendo y si así es como lo desea. Son los anhelos de estar sóla y la libertad de poder elegirlo y ejecutarlo. De disfrutar de la soledad. Por fin, tras años trabajando, tras años sin descansar y tras años escuchando a los demás entregada en “sus labores”, muchas veces sin poder elegir qué oír ni qué hacer. Ahora es momento de elegir, y vamos teniendo los recursos y herramientas que nos dotan para ello, para escoger no estar en compañía por necesidad sino por libre elección. Compartir está muy bien, pero poder elegir hacerlo o no… está aun mejor. La vida es única y corre rauda y veloz sin esperar a nadie, cada persona debería ser libre y elegir cómo vivirla, pudiendo ejecutar sus propios deseos de cuidarse a sí misma sí así lo ha decidido, de compartir o no y, de elegir la compañía con uno mismo si así es como desea. No tenemos opción en cuanto a la decisión sobre la presencia o no de ciertas adversidades, pero sí las formas de virar nuestra actitud hacia a ellas.




      3
      Responder

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *