Educación digital

Educación digital

En 1999 apenas unos pocos éramos usuarios de internet. Google acababa de nacer y, por supuesto, no existían las redes sociales. El “SMS” supuso, entonces, una revolución en la comunicación cotidiana. Sin embargo, recordamos el temor al “efecto 2000”. La tecnología estaba ya entonces más presente en la estructura de la sociedad que en cada uno de sus miembros. La estructura social dependía de la tecnología. La persona, no.

En 2018 la persona es cada vez más dependiente de la tecnología, hasta límites que están acabando con habilidades que el ser humano ha tardado milenios en desarrollar, habilidades que nos han hecho ser lo que somos.

No digo que la especie humana vaya a desaparecer como tal. No lo sé. Probablemente desarrollemos habilidades que, a día de hoy, no sabemos siquiera que necesitaremos. Lo que me preocupa terriblemente es que los avances en ciencia y tecnología no están viniendo acompañados de avances en ética, legislación y humanidades.

Del mismo modo que las armas se crearon como herramienta de lucha, el súper desarrollo de la carrera armamentística ha puesto fin a las guerras tal y como las conocíamos hasta ahora. El hijo, mató al padre.

No soy una negadora de la evolución ni de la revolución y busco más la utilidad del avance que su capacidad de crear daño, pero considero y me preocupa seriamente que las personas estemos creando herramientas tecnológicas que ponemos en manos de otras personas que no tienen las herramientas morales para manejarlas.

Las instituciones están invirtiendo ingentes recursos económicos y personales en “digitalizar” sus sistemas, pero ¿qué hay de la adaptación social al entorno digital? ¿Qué hay de la educación orientada a la sociedad digital? Nos encontramos ante una tremenda paradoja en la que los educadores necesitan del conocimiento de los sujetos a educar para poder responder a las necesidades de éstos.

Nos sentimos inseguros ante la extraordinaria habilidad de los “nativos digitales”. Tememos resultar aburridos. Es difícil atraer la atención de una persona cuando tu rival es una máquina cargada de estímulos sencillos, directos y, en muchos casos, adictivos. Sobre todo, cuando nuestro mensaje pretende invitar a la reflexión y al lento y silencioso sosiego.

Las personas a las que aportamos conocimientos sobre valores, creencias o desarrollo humano no deben hacernos renunciar a la necesidad de que el hombre siga creciendo como hombre.

No podemos correr el riesgo de que el cambio en el lenguaje suponga una brecha en la comunicación, sobre todo cuando esa brecha puede resultar en la renuncia a los conocimientos sobre la vida que nos aportan nuestros viejos sabios.

No debemos aceptar que Pokemon sea más poderoso que Aristóteles.

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