Tiempo, complejidad y diversidad

Expansión, universo.

El universo se encuentra en expansión. Según algunos científicos, la expansión del universo se acelera. Para Stephen Hawking, sin esta expansión no habría tiempo. El tiempo resulta un concepto verdaderamente intrigante, hasta el punto que algunos optan por negar su existencia. Para Murray Gell-Mann la verdadera flecha del tiempo cosmológica es la que se asocia al proceso de envejecimiento del universo y de sus componentes. Esto así porque si en un momento dado el universo comenzara a contraerse el envejecimiento no se detendría. Consecuentemente, la contracción del cosmos no sería simétrica. Los sucesos pasados no volverán a producirse. Vivimos en un mundo de procesos irreversibles. El tiempo es, en definitiva, la unidad de medida de la entropía.

En la medida que se expande el universo incrementa su complejidad. Este proceso se acompaña de un aumento de la diversidad y de la individualidad que corre de la mano de la formación progresiva de las galaxias, estrellas y planetas. Pero estas propiedades, nos enseña Gell-Mann, adquieren un nuevo significado con la aparición de los sistemas adaptivos complejos. Sin duda, los que más nos interesan entre todos ellos son los sistemas que se asocian al surgimiento de la vida y la evolución biológica.

Me pregunto si la contracción futura del universo irá aparejada a una pérdida de diversidad e individualidad en la medida que éste se condense y se comprima. Un proceso de esta índole conllevaría el fin de la vida en el universo, lo que me lleva a pensar que la entropía alcanzaría su punto álgido. Al contrario de lo que ocurre ahora, complejidad y entropía transitarían en direcciones opuestas.

Son reflexiones de un profano que obviamente carecen de entidad científica. Lo que me ocupa es la intrigante similitud del proceso que guía la humanidad. La tecnología lo conecta todo en un proceso entrópico que todo lo homogeneiza. El mundo se hace uno y desaparecen las diferencias al tiempo que lo hacen las categorías a través de las cuales interpretamos la realidad. El mundo humano pierde diversidad, que es fuente de vida.

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En cada época, la evolución humana ha encontrado la teoría que necesitaba, y surge hoy un nuevo ideario posthumanista que, sobre las bases de la singularidad tecnológica, aspira a un humano mejorado. Nos ofrece el ideal de un hombre sumamente inteligente que habrá vencido a la enfermedad y la muerte. En un mundo así, la singularidad pondrá a nuestro alcance una tecnología prodigiosa por la que podremos alcanzar cotas increíbles de individualización. De la mano de la singularidad tecnológica podrá venir una absoluta singularidad personal. Sin embargo, después de la expansión y la diversidad llega la contracción. La complejidad se reduce y todo se vuelve uniforme. Lo vivimos todos los días en los mercados económicos donde la tendencia a la concentración de los operadores es generalizada en la mayoría de los sectores. La concentración de la oferta viene aparejada a una inevitable estandarización en las soluciones tecnológicas. No quiero imaginar lo que esta concentración –y estandarización– podría representar en un mundo transhumano donde los individuos hayan traspasado la barrera de la evolución biológica.

Se vislumbra el riesgo potencial de una regresión que nos conduciría a una pérdida futura de complejidad, diversidad e individualidad. No es este el significado que queremos de la palabra singularidad. Queremos un ser humano, singular, único, diverso e irrepetible. Tarde o temprano será preciso constituir nuevos modelos de instituciones económicas y sociales que prometan proteger la identidad personal de los individuos. Diríase que vivimos en un mundo paradójico en el que percibimos un incremento exponencial de la complejidad en las sociedades humanas, al mismo tiempo que asistimos a los albores de nuestro particular BigCrunch. Una situación así solamente puede comprenderse como la confrontación de dos grandes fuerzas cósmicas. Una nos mueve en un proceso entrópico hacia la uniformidad, la homogenización, el desorden y la muerte. La otra crea orden a partir del desorden, complejidad, diversidad y vida. Nada de lo que hagamos alterará estas dos realidades principales que rigen el devenir del universo y de sus componentes, pero podemos tomar partido y experimentar una vida plena en la medida que observemos nuestro compromiso con la vida. A fin de cuentas, lo que identifica al ser humano es la búsqueda de un sentido.

¿En qué lado de la fuerza quieres vivir?

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