¿Quién soy en mi cabeza?

Redes neuronales

Nunca olvidaré cuando por primera vez cayó en mis manos “Tokyo ya no nos quiere” de Ray Loriga. Una sociedad donde se podía comprar una droga que conseguía borrar aquellos recuerdos que quisiéramos eliminar de nuestra mente. ¿No es increíble?

Mi interés por el fascinante campo de la memoria me llevó a hacerme estudiante interno en el departamento de Bioquímica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Cádiz, donde la Profesora Ana Navarro trabajaba en una nueva hipótesis: postulaba que los procesos de la memoria y las enfermedades neurodegenerativas estaban relacionadas con el estrés oxidativo y los radicales libres a nivel mitocondrial.

Ese mismo año comenzamos con neurología, y toda mi percepción sobre la psiquiatría comenzó a cambiar, y la dualidad “Body-Mind” que tanto se defendía se convirtió en un gran conflicto.

Durante toda mi formación en psiquiatría esa dualidad “Mente-Cuerpo” tenía cada vez menos y menos sentido. Esto me llevó a especializarme en Neuropsiquiatría, para así poder cuestionar este modelo con el que siempre he estado en desacuerdo.

Descartes localizaba el alma en la glándula pineal y aludía que el alma no poseía memoria, pero precisaba de la estructura del cerebro para que el ser humano pudiera guardar sus experiencias. Así cuando el alma necesitaba recordar algo enviaba una vibración desde el conarium y retraía los recuerdos.

William James en el siglo IXX ya nos hablaba de una memoria primaria y una memoria secundaria. Freud defendía una memoria subyacente que llevaba a los “Slips” del día a día y más enclavada en el subconsciente. Eric Kandel, psicoanalista y neuropsiquiatra, realizó numerosos estudios sobre el hipocampo y su involucración en los procesos de recordar y olvidar.

Y así hasta la neuropsiquiatría actual y la investigación de las diferentes variantes de Trastornos de Memoria Clínica de los Profesores Michael Kopelman y Anthony David, de los cuales he tenido el privilegio de aprender mucho.

A menudo, en cenas con amigos, en situaciones sociales, como nos acontece a todos, nos preguntan sobre nuestra profesión. Pregunta que encuentro muy difícil de contestar personalmente. Dependiendo de la situación y sin forma consciente cuento diferentes historias; algunas veces soy un neurólogo al que le interesa la psiquiatría, otras un psiquiatra con interés en neuroanatomía, y la mayoría de las veces soy neurólogo y psiquiatra. Creo que esta última es la que mejor funciona. ¡La necesidad de dar más explicaciones acaba pronto!

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Pero me niego rotundamente a decir que la Neuropsiquiatría trata problemas de salud mental derivados de un problema neurológico. ¡Esta es la gran blasfemia de nuestra profesión! Y así tal cual, es como se define la Neuropsiquiatría de nuestros tiempos.

Cuando intercambiamos conversaciones de pasillo con compañeros, éstos rápidamente te comentan si la consulta o guardia ha sido buena dependiendo del número de ciertas patologías que hayan visto. ¡Qué triste, adónde hemos llegado!

Esto me lleva a reflexionar sobre mi práctica clínica. Me hace pensar en pacientes que padecen demencia y su situación familiar y social; en sus familiares tristes, exhaustos y perdidos, o en sus amigos que ya no reconocen.

Pienso en esos chicos jóvenes intentando dar un sentido a su primer brote psicótico, no saber qué decir en el colegio, en la universidad, a sus familiares, a sus amigos, ¿qué contar? ¿Qué no contar?

Dirigiéndonos al XIII foro de innovación social organizado por ATAM con el Dr. Albino Maia, neuropsiquiatra de la Unidad de Neuropsiquiatría del Centro Clínico Champalimaud en Lisboa, conversamos sobre la psiquiatría moderna y la necesidad no sólo de cambiar los conceptos sino también la necesidad de “reinventar” tanto los servicios como las intervenciones que ofrecemos a nuestros pacientes.

Tanto en neuropsiquiatría como en psiquiatría general tratamos pacientes con diferentes problemas como: psicosis, depresión, ansiedad, enfermedades neurodegenerativas, deterioro cognitivo asociado a enfermedades como el lupus, el párkinson, esclerosis múltiple, epilepsia, etc. Problemas de adicciones, al igual que  problemas psicosociales.

Hasta ahora los servicios de Salud Mental que prestamos a nuestros usuarios están basados en el conocimiento y la pericia del profesional que está enfrente del paciente, lo que hace que la calidad del cuidado recibido difiera entre diferentes consultas y por su puesto entre diferentes centros y hospitales.

Ahora gracias a la tecnología, disponemos de un número inmenso de datos de salud sobre nuestros usuarios. La pregunta es cómo trasformar estos datos en información que nos permita mejorar los sistemas de Salud Mental.6914441342_775b4ab9a7_o

Desarrollando técnicas de proceso de información más sofisticadas que nos permitan analizar nuestros registros electrónicos de salud, de una forma eficiente, podremos mostrar qué modelos funcionan mejor, con mejores resultados para nuestros pacientes, y quizás cuáles son más costo-efectivos.

Hasta ahora el acceso a Salud Mental esta centralizado según la localización geográfica del paciente, en los  centros y hospitales que proporcionan el cuidado en Salud Mental y en guías de manejo de cuidados y tratamientos a personas “etiquetadas” con una determinada enfermedad.

Si logramos trasformar estos datos en información accesible podremos entender ciertos patrones que ya existen de una forma mas precisa, como por ejemplo qué servicios o intervenciones son más factibles que funcionen para cada usuario, y así diseñar programas constantes, individualizados y centrados en cada paciente. Esto nos sirve, por ejemplo, para conocer qué pacientes es más probable que se beneficien de un determinado programa de rehabilitación neurocognitiva, etc.

Actualmente los sistemas de Salud Mental fallan con cierta frecuencia a sus usuarios. El acceso a estos servicios es limitado, la espera resulta significativamente alta, la adherencia a intervenciones y tratamientos suele ser pobre y, por último, seguimos batallando no sólo con la enfermedad mental sino también contra el estigma asociado a la misma.

Tenemos que abandonar esa dualidad “Body-Mind”, tenemos que dejar de ser neurólogos, psiquiatras, neuropsiquiatras, neurofisiólogos y cualquier otro nombre que en cualquier cena de amigos nos queramos inventar. Tenemos y debemos entender el cerebro humano como parte de una persona individual y única, con un entorno propio en su comunidad y su sociedad singular.

Es la hora de usar la tecnología a favor de la psiquiatría. ¡Es hora de cambiar!

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