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Avance sí. Pero humano, por favor

Creatividad mente

Cuando hablamos de términos como «vida independiente» subrayamos lo que la tecnología nos ofrece y nos facilita para vivir libres. Digamos que la inteligencia humana,  y su capacidad de crear inteligencia artificial, salva escollos importantes y hace que muchas personas puedan tener una vida más cómoda (o menos incómoda, según cómo lo miremos).

Es evidente que el ser humano ha llegado a cotas de desarrollo tecnológico que realmente impresionan. Personalmente, creo que si llegase a conocer todos y cada uno de estos avances, mi capacidad de asombro caminaría de la mano y a la par con la cautela que me generaría.

Asombro y cautela. Estos son los dos sentimientos que albergo en mi interior cuando veo lo que somos capaces de hacer.

Dicen algunos autores que llegaremos a robotizar cualquier tarea o proceso que sea «procedimentable» y que nos salvará de esta ola tecnológica lo que nos hace propiamente humanos, aquello que no es exportable a una inteligencia artificial. Yo me pregunto qué es lo que nos hace propiamente humanos (y aquí asoman mis dudas) y qué no es exportable a una inteligencia artificial; porque la inteligencia artificial llega a tener mucho de inteligencia y también mucho de lo que consideramos “natural» en las personas.

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Cuando vi la película Her pensé que la ficción poseía, cómo no, una imaginación desbordante: un hombre solitario a punto de divorciarse que trabaja en una empresa como escritor de cartas para terceras personas, compra un nuevo sistema operativo basado en el modelo de Inteligencia Artificial, diseñado para satisfacer todas las necesidades del usuario. Para su sorpresa, se crea una relación romántica entre él y Samantha, la voz femenina de ese sistema operativo.

Al pensar en este escenario me pregunto: ¿podríamos llegar algún día a humanizar tanto la máquina que alcanzase a enamorarnos? ¿Dónde estaría ahí lo que nos hace particularmente humanos? La frontera se hace más estrecha entre el humano y la máquina.

Veo que la Inteligencia Artificial se humaniza a una velocidad trepidante pero, en paralelo a este desarrollo tecnológico, considero que debería haber un desarrollo en la forma de mirar a la persona (a cualquiera, y a todas), una capacidad propiamente humana -la de mirar con otros ojos- para que ése ser cobre el status de «persona» con la dignidad que le corresponde a su condición.
Mi inquietud aumenta conforme avanzo en un área que yo consideraba nos otorgaba auténtica singularidad: El diálogo. El pensamiento, el verbo y nuestra capacidad para investigarlo a través de la neurolingüística avanza también hasta llevarnos a relatos curiosos como el que nos encontramos en «Nunca pensé que el mejor consejo me lo daría un ‘bot’ y no mi madre
En esta historia, la protagonista piensa en acudir a alguna de las personas de confianza que la rodean para hablar de lo que le preocupa. Pero, ante la duda de si responderán como ella desea, opta por hablar con un robot quien responde de manera certera a sus expectativas.

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Aquí soy consciente de que lo que imaginaba podía ser ficción, se convierte en realidad (y seguro que la supera).

Llegados a este punto no puedo evitar preguntarme, de nuevo, qué es lo que nos hace propiamente humanos. Cuáles son las cualidades que nos dan el hecho de ser persona.
Ser «humano» supone ser imperfecto, solidario con los semejantes, sujeto emocional, concebido de otro humano, con la carga genética de miles de años de humanidad. Pero estas bien estudiadas cualidades también podrían ser programables y atribuibles a una máquina creada por personas. Este escenario, no tan apocalíptico como pensamos, me lleva a diluir la frontera existente entre la «máquina y el hombre», entre la inteligencia artificial y la inteligencia humana.

Y en ese «diluir fronteras» ¿podríamos llegar a confiar en la tecnología rechazando lo que nos puede salvar de nosotros mismos, lo que nos hace ser lo que somos? ¿Podemos llegar a anular nuestra esencia, depositando esa confianza máxima en la inteligencia artificial? Somos incapaces, todavía, de lanzar una mirada de igual dignidad a la otra persona ¿y ya elevamos a la categoría de «divina» lo que nosotros mismos hemos creado?

Estas preguntas me invaden al mismo tiempo que admiro la capacidad que posee el ser humano para desarrollarse. Sólo espero que seamos capaces de mantener un pie en la tierra y abrazar, con el cariño suficiente, esta parte propiamente nuestra de la que en ocasiones, percibo, queremos huir.

¿No es bonita y desafiante la complejidad? ¿Acaso no nos enriquece la diversidad? ¿No es maravilloso crecer con la visión que me abren otros ojos?

Avancemos, pues, en todo lo que nos haga la vida más fácil; pero no deseemos una vida  demasiado fácil anulando lo que nos hace maravillosamente humanos. Seamos capaces de crecer mirándonos a la cara.

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Nota al pie de página

Nube tecnología
El hombre supera infinitamente al hombre.
–Blaise Pascal

En el oscarizado guion de la película HerJoaquin Phoenix se enamora de la voz que Scarlett Johansson pone a su sistema operativo. Libros y expertos entusiastas de los diversos campos tecno-científicos, afirman que no estamos lejos de que ocurra algo así, que el desarrollo de la inteligencia artificial generará dispositivos que puedan, entre otras cosas, enamorar y enamorarse.woman-506322_960_720

Aunque parezca un chiste óntico, lo cierto es que estos avances han provocado en Corea del Sur, una sociedad más habituada que la occidental a la convivencia con la inteligencia artificial, encendidos debates en favor de la inclusión de determinados robots en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Para la revolución biomédica es en cambio la propia naturaleza del hombre la que está convirtiéndose en objeto de transformación tecnológica.

El hombre ha asumido así una responsabilidad moral de tal calibre que no sé si ha tomado el mismo grado de conciencia respecto de tan severo asunto. El poder transformador del ser humano es hoy muy superior al de cualquier otra época. Este poder tecnológico no puede caminar sin el acompañamiento de una nueva consciencia planetaria fundada en la responsabilidad.

El desarrollo de la biomedicina va camino de proporcionar la capacidad de modificar los componentes genéticos y bioquímicos del cuerpo humano en su raíz. Pronto se podrían modular actitudes y actividades humanas o manipular cuerpos y cerebros de hombres y mujeres. Y es que tomar conciencia de esto es crítico para llegar a comprender todo lo que podemos ganar y perder.dna-1020670_960_720

A este respecto, albergo la discreta sospecha de que pudiéramos estar condenándonos a un siniestro determinismo. Aunque hay quien piensa que con ello se podría curar o reconstruir al hombre, también hay preguntas dilemáticas que plantear: ¿hemos llegado a la cima de la evolución de nuestra estructura biológica y de nuestros comportamientos? ¿Es posible que dejemos de ser sujetos pasivos de nuestra milenaria evolución psico-somática para convertirnos en proactivos constructores de ella?

Todo cuanto contribuya a mejorar la vida de las personas y a paliar sus enfermedades, representa una exigencia moral insoslayable. Esto constituye la fuente de mi vocación a la que me dedico profesionalmente. Ahora bien, modificar las entrañas de la biología humana, se me antoja una hipótesis que, coincidiendo con la opinión de Francis Fukuyama, bien pudiera suponer la más loca y peligrosa idea del siglo que corre.

El pasado siglo XX produjo un progreso científico espectacular, tanto en el campo de la física como en el de la biología. En el año 2000, se anunció la secuencia completa del genoma humano, una monumental enciclopedia que atesora la incalculable riqueza de guardar las instrucciones de funcionamiento de nuestro organismo. Todo descubrimiento hecho según el método científico es una indiscutible fuente de bien para la humanidad, al margen de sus posibles aplicaciones.

El hecho de que el ser humano pueda comprender el Logos (la Razón) que rige los fenómenos de la naturaleza, confiere sentido a la idea de que ha sido creado en el interior de la matriz de esa Racionalidad infinita, lo que permite apreciar una cierta relación de simetría entre el orden del mundo y el orden de la lógica humana. Y aunque el ser humano no lo comprenda todo, ha adquirido la capacidad de explorar la naturaleza, de captar muchas de sus regularidades y extraer gran parte de su néctar.

Y como bien para la humanidad, este progreso científico ha de regirse, en todos los casos, entre las coordenadas de los principios éticos. Aunque haya quien expresa su opinión en favor de una ciencia sin vínculos éticos o legales o sin más límite que el derivado de su propio progreso, cuando se reconoce que está en juego la dignidad del ser humano, dicha opción se torna inaceptable.

En este debate es esencial articular coherentemente el principio de respeto a la dignidad humana con el de la legítima libertad de investigación. Toda alianza entre ciencia y conciencia pasa necesariamente por el reconocimiento de este principio fundamental sobre el que, por cierto, se fundan nuestras sociedades democráticas. No todo lo que es técnicamente posible es moralmente lícito. La ciencia no está desvinculada de nuestras vidas y por ello tampoco puede desvincularse de una estricta observancia de la conciencia ética.

La medicina moderna comienza a aceptar la unidad intrínseca del ser humano, una compleja red integrada en la que se mezclan subjetividad y corporeidad. Durante la modernidad, las ciencias de la vida se han aproximado al cuerpo humano desde fuera, pero mujer y hombre poseen una dimensión interior irreductible, su conciencia, que no ha sido posible explicar como resultado emergente de la evolución de la materia cerebral. La conciencia pertenece a otro orden y Pascal, como se presiente en la sencilla frase del inicio, fue siempre lúcido y muy adelantado a su tiempo…


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