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Tiempo, complejidad y diversidad

Expansión, universo.

El universo se encuentra en expansión. Según algunos científicos, la expansión del universo se acelera. Para Stephen Hawking, sin esta expansión no habría tiempo. El tiempo resulta un concepto verdaderamente intrigante, hasta el punto que algunos optan por negar su existencia. Para Murray Gell-Mann la verdadera flecha del tiempo cosmológica es la que se asocia al proceso de envejecimiento del universo y de sus componentes. Esto así porque si en un momento dado el universo comenzara a contraerse el envejecimiento no se detendría. Consecuentemente, la contracción del cosmos no sería simétrica. Los sucesos pasados no volverán a producirse. Vivimos en un mundo de procesos irreversibles. El tiempo es, en definitiva, la unidad de medida de la entropía.

En la medida que se expande el universo incrementa su complejidad. Este proceso se acompaña de un aumento de la diversidad y de la individualidad que corre de la mano de la formación progresiva de las galaxias, estrellas y planetas. Pero estas propiedades, nos enseña Gell-Mann, adquieren un nuevo significado con la aparición de los sistemas adaptivos complejos. Sin duda, los que más nos interesan entre todos ellos son los sistemas que se asocian al surgimiento de la vida y la evolución biológica.

Me pregunto si la contracción futura del universo irá aparejada a una pérdida de diversidad e individualidad en la medida que éste se condense y se comprima. Un proceso de esta índole conllevaría el fin de la vida en el universo, lo que me lleva a pensar que la entropía alcanzaría su punto álgido. Al contrario de lo que ocurre ahora, complejidad y entropía transitarían en direcciones opuestas.

Son reflexiones de un profano que obviamente carecen de entidad científica. Lo que me ocupa es la intrigante similitud del proceso que guía la humanidad. La tecnología lo conecta todo en un proceso entrópico que todo lo homogeneiza. El mundo se hace uno y desaparecen las diferencias al tiempo que lo hacen las categorías a través de las cuales interpretamos la realidad. El mundo humano pierde diversidad, que es fuente de vida.

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En cada época, la evolución humana ha encontrado la teoría que necesitaba, y surge hoy un nuevo ideario posthumanista que, sobre las bases de la singularidad tecnológica, aspira a un humano mejorado. Nos ofrece el ideal de un hombre sumamente inteligente que habrá vencido a la enfermedad y la muerte. En un mundo así, la singularidad pondrá a nuestro alcance una tecnología prodigiosa por la que podremos alcanzar cotas increíbles de individualización. De la mano de la singularidad tecnológica podrá venir una absoluta singularidad personal. Sin embargo, después de la expansión y la diversidad llega la contracción. La complejidad se reduce y todo se vuelve uniforme. Lo vivimos todos los días en los mercados económicos donde la tendencia a la concentración de los operadores es generalizada en la mayoría de los sectores. La concentración de la oferta viene aparejada a una inevitable estandarización en las soluciones tecnológicas. No quiero imaginar lo que esta concentración –y estandarización– podría representar en un mundo transhumano donde los individuos hayan traspasado la barrera de la evolución biológica.

Se vislumbra el riesgo potencial de una regresión que nos conduciría a una pérdida futura de complejidad, diversidad e individualidad. No es este el significado que queremos de la palabra singularidad. Queremos un ser humano, singular, único, diverso e irrepetible. Tarde o temprano será preciso constituir nuevos modelos de instituciones económicas y sociales que prometan proteger la identidad personal de los individuos. Diríase que vivimos en un mundo paradójico en el que percibimos un incremento exponencial de la complejidad en las sociedades humanas, al mismo tiempo que asistimos a los albores de nuestro particular BigCrunch. Una situación así solamente puede comprenderse como la confrontación de dos grandes fuerzas cósmicas. Una nos mueve en un proceso entrópico hacia la uniformidad, la homogenización, el desorden y la muerte. La otra crea orden a partir del desorden, complejidad, diversidad y vida. Nada de lo que hagamos alterará estas dos realidades principales que rigen el devenir del universo y de sus componentes, pero podemos tomar partido y experimentar una vida plena en la medida que observemos nuestro compromiso con la vida. A fin de cuentas, lo que identifica al ser humano es la búsqueda de un sentido.

¿En qué lado de la fuerza quieres vivir?

Avance sí. Pero humano, por favor

Creatividad mente

Cuando hablamos de términos como «vida independiente» subrayamos lo que la tecnología nos ofrece y nos facilita para vivir libres. Digamos que la inteligencia humana,  y su capacidad de crear inteligencia artificial, salva escollos importantes y hace que muchas personas puedan tener una vida más cómoda (o menos incómoda, según cómo lo miremos).

Es evidente que el ser humano ha llegado a cotas de desarrollo tecnológico que realmente impresionan. Personalmente, creo que si llegase a conocer todos y cada uno de estos avances, mi capacidad de asombro caminaría de la mano y a la par con la cautela que me generaría.

Asombro y cautela. Estos son los dos sentimientos que albergo en mi interior cuando veo lo que somos capaces de hacer.

Dicen algunos autores que llegaremos a robotizar cualquier tarea o proceso que sea «procedimentable» y que nos salvará de esta ola tecnológica lo que nos hace propiamente humanos, aquello que no es exportable a una inteligencia artificial. Yo me pregunto qué es lo que nos hace propiamente humanos (y aquí asoman mis dudas) y qué no es exportable a una inteligencia artificial; porque la inteligencia artificial llega a tener mucho de inteligencia y también mucho de lo que consideramos “natural» en las personas.

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Cuando vi la película Her pensé que la ficción poseía, cómo no, una imaginación desbordante: un hombre solitario a punto de divorciarse que trabaja en una empresa como escritor de cartas para terceras personas, compra un nuevo sistema operativo basado en el modelo de Inteligencia Artificial, diseñado para satisfacer todas las necesidades del usuario. Para su sorpresa, se crea una relación romántica entre él y Samantha, la voz femenina de ese sistema operativo.

Al pensar en este escenario me pregunto: ¿podríamos llegar algún día a humanizar tanto la máquina que alcanzase a enamorarnos? ¿Dónde estaría ahí lo que nos hace particularmente humanos? La frontera se hace más estrecha entre el humano y la máquina.

Veo que la Inteligencia Artificial se humaniza a una velocidad trepidante pero, en paralelo a este desarrollo tecnológico, considero que debería haber un desarrollo en la forma de mirar a la persona (a cualquiera, y a todas), una capacidad propiamente humana -la de mirar con otros ojos- para que ése ser cobre el status de «persona» con la dignidad que le corresponde a su condición.
Mi inquietud aumenta conforme avanzo en un área que yo consideraba nos otorgaba auténtica singularidad: El diálogo. El pensamiento, el verbo y nuestra capacidad para investigarlo a través de la neurolingüística avanza también hasta llevarnos a relatos curiosos como el que nos encontramos en «Nunca pensé que el mejor consejo me lo daría un ‘bot’ y no mi madre
En esta historia, la protagonista piensa en acudir a alguna de las personas de confianza que la rodean para hablar de lo que le preocupa. Pero, ante la duda de si responderán como ella desea, opta por hablar con un robot quien responde de manera certera a sus expectativas.

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Aquí soy consciente de que lo que imaginaba podía ser ficción, se convierte en realidad (y seguro que la supera).

Llegados a este punto no puedo evitar preguntarme, de nuevo, qué es lo que nos hace propiamente humanos. Cuáles son las cualidades que nos dan el hecho de ser persona.
Ser «humano» supone ser imperfecto, solidario con los semejantes, sujeto emocional, concebido de otro humano, con la carga genética de miles de años de humanidad. Pero estas bien estudiadas cualidades también podrían ser programables y atribuibles a una máquina creada por personas. Este escenario, no tan apocalíptico como pensamos, me lleva a diluir la frontera existente entre la «máquina y el hombre», entre la inteligencia artificial y la inteligencia humana.

Y en ese «diluir fronteras» ¿podríamos llegar a confiar en la tecnología rechazando lo que nos puede salvar de nosotros mismos, lo que nos hace ser lo que somos? ¿Podemos llegar a anular nuestra esencia, depositando esa confianza máxima en la inteligencia artificial? Somos incapaces, todavía, de lanzar una mirada de igual dignidad a la otra persona ¿y ya elevamos a la categoría de «divina» lo que nosotros mismos hemos creado?

Estas preguntas me invaden al mismo tiempo que admiro la capacidad que posee el ser humano para desarrollarse. Sólo espero que seamos capaces de mantener un pie en la tierra y abrazar, con el cariño suficiente, esta parte propiamente nuestra de la que en ocasiones, percibo, queremos huir.

¿No es bonita y desafiante la complejidad? ¿Acaso no nos enriquece la diversidad? ¿No es maravilloso crecer con la visión que me abren otros ojos?

Avancemos, pues, en todo lo que nos haga la vida más fácil; pero no deseemos una vida  demasiado fácil anulando lo que nos hace maravillosamente humanos. Seamos capaces de crecer mirándonos a la cara.

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Las 7 crisis que explican el mundo que vivimos (y el que viene)

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Hablamos constantemente de los cambios que viene experimentando el mundo que vivimos. Lo hacemos acompañando esta idea de la palabra crisis. Nos sentimos en crisis y percibimos que nuestro mundo se transforma. Crisis y cambio se convierten en conceptos ineludiblemente unidos.

La crisis no es una cuestión monolítica que explique todo la abarcable de una sola vez. El hombre está diseñado para descomponer la realidad, elaborar abstracciones de la naturaleza y establecer categorías. De este modo se ayuda a sí mismo a interpretar el mundo. Así, normalmente concluimos que detrás de un accidente hay múltiples causas. Una transformación tan profunda como la que experimenta nuestra realidad no podía ser menos. Tras un esforzado análisis identifico siete crisis subyacentes al advenimiento de un mundo que cambiará completamente nuestras vidas.

 

La disrupción tecnológica

Este apartado requiere poca presentación. Lo avanzábamos en nuestro artículo sobre El Datalítico. No obstante, debemos tener presente que la radical disrupción que representa la transformación tecnológica actual se encuentra en el origen de todos los cambios. Esto ha sido siempre así a lo largo de la Historia. 11123530043_1d28f2fa35_oLo fue cuando el desarrollo de la agricultura provocó el paso del Paleolítico al Neolítico. También estuvo
detrás del advenimiento de la Ilustración. Asimismo, es evidente que también tuvo mucho que ver con la aparición y desarrollo de la sociedad industrial.

Actualmente, el avance tecnológico se está produciendo más rápidamente que nunca y está provocando el advenimiento de un mundo exponencialmente más complejo. La complejidad desencadena transformaciones profundas y repentinas. La transformación tecnológica se encuentra, por tanto, en la base de todas las demás crisis que veremos a continuación.

 

Crisis de las instituciones

La tecnología está modificando nuestras vidas. Los cambios de la anterior revolución tecnológica – básicamente, la asociada a la segunda revolución industrial, el motor de explosión y el despliegue de la electricidad – transformaron la vida de nuestros abuelos de manera espectacular. Lo hicieron impactando físicamente en sus vidas.

Esta nueva tecnología que nos invade es menos visible pero impacta en aspectos muy sutiles de la Humanidad. Lo hace sobre la forma en que nos informamos o la forma en que nos comunicamos, nos relacionamos e interactuamos. Cambia incluso la manera en que sentimos y nos emocionamos. En definitiva, se altera nuestra propia interpretación del mundo que vivimos. 

Como consecuencia, se transforman los modelos de negocio y los mecanismos de relación social. Finalmente, entran en crisis las instituciones sociales que heredamos de un mundo completamente distinto y representaron los cimientos en los que se sustentó la convivencia social durante mucho tiempo. El organismo social se tensiona y se acerca a un punto de bifurcación.

Crisis del capitalismo

Una de las primeras instituciones que entra en crisis es el capitalismo. El capitalismo se encuentra muriendo de éxito. Según los fundamentos de este modelo de división social del trabajo, las rentas no consumidas se convierten en ahorro y nutren nuevas inversiones que mejoran la eficiencia de los medios de producción. Todo ello provoca un círculo virtuoso que incrementa el acceso de la población a nuevos y mejores bienes y servicios.

El actual incremento de la eficiencia está siendo exponencial por efecto del desarrollo de las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones, así como el de todas las técnicas que se derivan de las mismas: entre otras, la nanotecnología, la robótica y la inteligencia artificial. Esto nos conduce a un nuevo escenario donde los precios se reducen de forma progresiva, rápida e inexorablemente. Es un escenario, por decirlo de alguna manera, estructuralmente deflacionista. Entramos en lo que Jeremy Rifkin denomina la sociedad de coste marginal cero, donde las recetas propias del paradigma económico imperante ya no resultan.

 

Crisis de identidad

Según algunos estudios, el 70% de los actuales alumnos de secundaria van a trabajar en profesiones que aún no existen. Según otras versiones, el 60% de las ocupaciones que tendremos dentro de 20 años (o menos) aún no han sido inventadas.

A esto debemos añadir que ante un entorno incierto y cambiante, las personas deberán habituarse a cambios continuos en su carrera profesional, siendo capaces de adaptarse a diferentes ocupaciones, desempeños y profesiones a lo largo de su vida.

Como resultado de esta nueva realidad, las nuevas generaciones se enfrentan a un escenario tremendo de pérdida de identidad. En efecto, la profesión ha sido tradicionalmente un elemento esencial en la conformación del sentimiento de identidad individual. Al referirnos a San José no decimos que trabajaba de carpintero; de él decimos que era carpintero.

 

Crisis intergeneracional

La incertidumbre que viven las nuevas generaciones da lugar a la siguiente crisis. Por primera vez existe una generación que va a vivir peor que sus padres. Los avances tecnológicos hacen la vida más fácil, pero los progenitores de las nuevas generaciones tuvieron una vida más estable y un acceso más predecible a factores transcendentales como una profesión o la formación de una familia.

La crisis de identidad, la incertidumbre y el peso de la deuda que recae sobre sus hombros, lamina sus expectativas de futuro y provoca grandes dosis de frustración. Así es como brota un sentimiento de rechazo de unas generaciones contra otras. En palabras de Gabriel Masfurroll: “en todas partes hay una lucha entre la renovación y el establishment que lógicamente se resiste a cambiar”.

 

Crisis moral

En el mundo actual la religión está en crisis. Desde el punto de vista del presente artículo, poco importa si las creencias que sustentan nuestras religiones son ciertas o no. A los efectos de lo que estamos analizando, la cuestión relevante es el impacto que tuvo en la humanidad la emergencia de lo que Karl Jaspers vino a denominar el pensamiento axial. Este fenómeno tuvo lugar hace dos mil años aproximadamente. El conjunto de religiones surgido (más o menos) simultáneamente en distintos puntos del planeta, constituyeron los fundamentos de los marcos de relación social, las normas de conducta y códigos de comportamiento de todas las civilizaciones humanas. Sirvieron asimismo como aglutinante de grupos humanos; elementos que vertebraban a las diferentes civilizaciones. De este modo, grandes cantidades de personas eran capaces de movilizarse y comportarse de manera colectivamente eficaz gracias a un acervo de símbolos y creencias compartidas que les movían en una misma dirección.

El declive de las religiones nos trae algo más que una crisis de espiritualidad. Nos trae profundas consecuencias desde el punto de vista de la evolución de nuestra civilización.

 

Crisis del dinero fiduciario

Existe otra institución heredada del Siglo XX que se encuentra atravesando una profunda crisis. Me refiero al dinero fiduciario. Para los economistas de la Escuela Austríaca el dinero fiduciario es, en realidad, un sustitutivo del dinero, en el sentido de que, lo que no tiene valor de uso, no puede tener estrictamente la consideración de dinero real. El dinero fiduciario no tiene una contrapartida real. Cuando creamos dinero artificialmente fijamos como contrapartida una serie de compromisos futuros de pago. De este modo, la impresión de dinero legal comporta la creación de deuda.

3617706196_813634952fSiguiendo la ortodoxia del paradigma económico actual, los bancos centrales están tratando de combatir la deflación para activar el crecimiento económico. Para ello crean cantidades crecientes de dinero. Sin embargo, cometen un error de principio. Cierto, están tratando de corregir un fenómeno de carácter tecnológico –la reducción de los costes provocada por el incremento exponencial de la eficiencia– con medidas de política monetaria. Ese esfuerzo es vano. No se puede compensar un efecto tecnológico estructural con un mecanismo de una naturaleza completamente diferente. En el camino, se está generando una burbuja de deuda que nunca se podrá devolver. El sistema colapsará. Cada nueva burbuja es mayor, su efecto dura menos, tiene un impacto menor en el crecimiento económico y sus efectos colaterales son mayores.

 

Concluimos

Una realidad histórica no se explica desde una sola causa. Los entornos complejos no se pueden interpretar con explicaciones simples. Por otra parte, la realidad no es lineal. Estas siete causas que explican el mundo que vivimos interactúan entre ellas de forma dinámica, de tal modo que incrementan la complejidad de nuestro particular universo. Surgen así realidades nuevas que subyacen a fenómenos emergentes como la economía colaborativa, la aparición de nuevos modelos de distribución o el surgimiento de nuevas ideologías.

Cuando repaso mentalmente estos siete elementos no dejo de sentirme abrumado. Ciertamente tenemos ante nosotros una ingente tarea para reconstruir el organismo social. Tan importante como desarrollar nuevas soluciones tecnológicas es abordar la importancia de edificar nuevos mecanismos de interacción social que resulten más eficaces y más justos. Un número creciente de personas con necesidades especiales de apoyo van a requerir que las organizaciones sociales den un paso al frente y construyan nuevos modelos de instituciones para el siglo digital.

 

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Las 14 condiciones para la organización social del mundo digital

Social Media

En artículos anteriores hemos puesto énfasis en el formidable incremento de la complejidad que experimenta el mundo que vivimos. Quienes gestionamos organizaciones sociales habremos de familiarizarnos con este nuevo mundo exponencialmente más complejo.

Los patrones que rigen la complejidad aplican tanto a los organismos biológicos como a los organismos sociales. Consecuentemente, si queremos comprender cómo podemos desarrollar una organización que resulte eficaz en un entorno complejo, conviene que nos fijemos en cómo la Naturaleza afronta y resuelve el hecho de la complejidad. Para el profesor Malik, las escuelas de negocio deberían enseñarnos algo más que técnicas de planificación y control o finanzas. Para interactuar con entornos complejos debemos realizar una aproximación a ciencias como la biología, la biónica o la cibernética. A la propuesta de Malik yo añadiría otros campos del saber, como la termodinámica y la teoría general de sistemas.

En la medida que profundizamos en estas materias y descubrimos cómo funcionan los organismos eficientes en la Naturaleza, podemos deducir cuáles son las condiciones que habrán de reunir las organizaciones sociales para resultar eficaces en un entorno complejo. En Vivelibre las hemos estudiado y del análisis han surgido 14 características esenciales.

1.- Evolución

Vivimos en un entorno de cambio continuo. Nuestra realidad se transforma constantemente. El crecimiento exponencial de la potencia de la tecnología está provocando una profunda transformación del mundo que vivimos. El entorno en el que nos desenvolvemos cambia de forma cada vez más rápida y más profunda.

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Necesitamos organizaciones capaces de adaptarse continuamente a un medio en permanente cambio y transformación. Ya no nos vale la mejora continua o una mera reingeniería de procesos. Los tradicionales procesos de cambio se tornan insuficientes. En muchas ocasiones se precisa una verdadera evolución en la genética de la organización, con objeto de transformar modelos industriales en organizaciones propias del mundo digital.

2.- Dinamismo

De la primera característica se deduce que necesitamos organizaciones dinámicas, capaces de moverse con agilidad. Esto comporta actuar sobre los elementos estructurales y organizativos de la institución, pero ante todo tendremos que actuar sobre los elementos más intangibles. El ser humano cuenta con una doble dimensión; es un ente biológico pero a su vez una realidad cultural. Transformar una organización diseñada para actuar en entornos estables para ser eficaz en un mundo dinámico requiere modificar nuestros procesos, pero también cultura, nuestra forma de hacer las cosas, nuestras pautas de comportamiento y nuestras creencias.

3.- Flexibilidad

Convertirnos en una organización dinámica exige altos niveles de flexibilidad. Por flexibilidad entendemos lo que siempre hemos interpretado como tal en el mundo del management, esto es, la capacidad de adaptarnos a los requerimientos del cliente, diseñando soluciones a la medida de sus particulares necesidades.

No obstante, en el momento que vivimos actualmente, el concepto de flexibilidad alcanza también una segunda dimensión, en tanto en cuanto habremos de ser flexibles en nuestra capacidad de adaptarnos a las nuevas exigencias del nuevo mundo digital que se transforma continuamente.

4.- Capacidad de aprender (y de desaprender)

Evolucionar, esto es, mutar, comporta hacer las cosas de otra manera, y requiere cambios en nuestra cultura. Asimismo, es preciso hacer esto de forma muy rápida. Necesitamos por tanto organizaciones capaces de aprender muy rápidamente.images

No obstante, no podemos pasar de ser una organización de la sociedad industrial a convertirnos en una organización del mundo digital si no dejamos de hacer algunas (o muchas) cosas de las que hacíamos antes. Tenemos que dejar de hacer las cosas como las hacíamos antes. Consecuentemente tenemos que provocar un cambio en nuestras creencias, nuestros apriorismos y nuestros prejuicios. En definitiva, tenemos que cambiar nuestra visión de la realidad en lo que al trabajo se refiere. No solamente tenemos que aprender cosas nuevas, sino que es un requisito previo desarrollar la capacidad de desaprender.

5.- Creatividad

Como diría el científico húngaro Ervin Laszlo, el cosmos es un lugar esencialmente creativo. La vida es un acto continuo de creatividad. Tanto evolucionar como aprender, esto es, transformarse, comporta altas dosis de creatividad. Las organizaciones que pretendan sobrevivir habrán de ser altamente creativas.

6.- Tamaño

La necesidad de alcanzar el dimensionamiento adecuado es un axioma básico en la gestión empresarial. Hoy más que nunca es un elemento que debemos mantener presente. Sin embargo, el tamaño tiene hoy un significado profundamente distinto.

En el mundo industrial que hoy recesa nos movíamos conforme a un paradigma que potenciaba las economías de escala; hablar de tamaño llevaba implícito hablar de grandes volúmenes. Sin embargo, cuando hoy hablamos de tamaño nos referimos a lo contrario. Una organización dinámica, flexible, creativa y con alta capacidad de respuesta ante los cambios del entorno habrá de ser necesariamente pequeña. Como dijera el célebre López de Arriortúa todavía en el siglo pasado: “en el Siglo XXI el pez rápido se comerá al pez lento”.

7.- Recursividad

Una entidad pequeña habrá de tener por naturaleza una capacidad limitada de dar respuesta a las necesidades de la gente. Necesitaremos por tanto encontrar el modo de escalar la acción reproduciéndola muchas veces, de modo que lleguemos a todas las personas que nos necesitan.

Para ello, desarrollaremos una nueva cualidad: la recursividad. De este modo seremos capaces de replicar los mismos modos organizativos, los mismos procesos, pautas de intervención, paradigmas y principios que dan lugar a una forma única de entender la intervención sobre las personas con necesidades especiales de apoyo y sus familias. Imitando a la Naturaleza, crearemos una realidad holográfica, creciendo en círculos concéntricos y conformando una realidad que se reconoce a sí misma.

8.- Identidad

Surge por tanto como consecuencia de la anterior una nueva característica esencial a la que llamamos identidad. Nuestras organizaciones deben estar dotadas de una identidad fuerte. Las señas de identidad son mucho más que un ejercicio de marketing o de comunicación. Nuestra identidad se configura a través de una forma única de hacer las cosas que surge de nuestra verdadera fuente de valor: nuestros principios.Fingerprint_picture.svg

La sociedad debe ser capaz de identificarnos de una forma clara por el valor que aportamos a las familias y por el papel que nuestra entidad juega en la sociedad o, en su caso, en el mercado.

9.- Autenticidad

La derivada lógica de la anterior se llama autenticidad. Hoy en día la sociedad cuenta con un ejército de expertos en marketing y comunicación. Normalmente, todos reproducen los mismos clichés, se expresan conforme a los mismos patrones y utilizan las mismas muletillas. Da igual si prestan servicios sociosanitarios o venden refrescos: todos producen calidad de vida y quieren hacerte feliz.

De este modo, el lenguaje se vacía de contenido. Las palabras pierden su significado. Como dijera Confucio, cuando las palabras pierden su significado las personas pierden su libertad.

Nuestras organizaciones deben ser auténticas. No debemos dejarnos llevar por el “mainstream” de la comunicación o por lo generalmente aceptado. Debemos hacer aquello en lo que creemos y comunicar lo que pensamos. Si es preciso seremos disruptivos, pero nunca caeremos en la trivialidad.

10.- Cibernética

La cibernética fue desarrollada fundamentalmente por Norbert Wiener a mediados del pasado siglo XX. La cibernética es la ciencia de la retroalimentación. También podemos interpretarla como la ciencia que trata de la interacción del individuo (o la máquina) con el medio. Lógicamente, la cibernética tiene mucho que ver con el intercambio de información.

Una organización que interactúa con un entorno complejo requiere ser necesariamente cibernética. Todas nuestras organizaciones acostumbran a registrar información sobre el entorno. No obstante, ser una organización cibernética significa centrarse en aquellos datos que provocan un cambio en el estado de las cosas. En nuestro caso, en el estado del usuario y en el estado de la relación del usuario con nuestra sistema operativo.

11.- Sensibilidad

Una entidad cibernética comporta dotarse de una especial sensibilidad. Las organizaciones cibernéticas habrán de ser particularmente sensibles para detectar los cambios en el entorno. Lo primero que nos sugiere esta cuestión es que necesitamos sensores, esto es, medidores de la realidad.

No obstante, la sensibilidad de la que hablamos alcanza un significado mucho más profundo. No solamente necesitamos sensores sino también sistemas avanzados de tratamiento de la información, procesos, sistemas operativos y modelos organizacionales adecuados a esta forma de entender nuestra actividad. A todos estos aspectos de carácter logístico y operativo debemos añadir otro elemento esencial: la cultura. En efecto, necesitamos desarrollar en nuestras organizaciones personas dotadas de una cultura alineada con esta interpretación de la realidad, esta forma de hacer las cosas y, ante todo, comprometidas con nuestros valores. La sensibilidad es una cuestión de sistemas y de personas.

12.- Complejidad

“El crecimiento del desarrollo social depende de que las sociedades sean más grandes, más complicadas y más difíciles de gestionar”. La cita es de Ian Morris. Cuando el mundo en el que vivimos se vuelve mucho más complejo, necesitamos dotar a las personas de soluciones sencillas. Sin embargo, hacer esto comporta la paradoja de tener que desarrollar sistemas organizativamente mucho más complejos.

Los organismos complejos desarrollan propiedades emergentes. Esto significa que el organismo está dotado de unas propiedades que son más que la mera suma de las partes. De la interacción dinámica de sus partes surgen propiedades que son distintas de las de sus partes constituyentes.

Para reconocer nuestras propiedades emergentes Malik nos propone el concepto de fuente de valor (“source of value”). En nuestro caso, la fuente de valor de nuestras propiedades emergentes se encuentra en todo ese acervo de principios, valores y paradigmas que definen nuestra forma de abordar la intervención sobre las personas con discapacidad y sus familias, y producen un resultado que es mucho mayor que la suma de las especificaciones del servicio.

Hablamos de conceptos como el paradigma de los apoyos, el principio de autodirección, el paradigma de las capacidades humanas, los principios de inclusión y participación social, el modelo de calidad de vida o la planificación centrada en la persona. Son esas creencias que nos dotan de una fuerza y una convicción cuando realizamos nuestro trabajo que nos hacen ser mucho más competitivos: esto es, hacer las cosas mejor.

Puede haber quien hable de estos conceptos teóricamente, incluso quien los utilice como instrumento de marketing, pero pocas entidades las aplican de forma auténtica, y todas las que lo hacen provienen del mundo de las discapacidad o de las organizaciones de pacientes. Todo esto tiene mucho que ver con una palabra: compromiso.

13.- Universalidad

Jeremy Rifkin nos habla de la enfermedad singular. En el futuro dispondremos de una información tan asombrosamente amplia y detallada del estado de salud de cada persona que ya no hablaremos de enfermedades genéricas, sino que cada persona comportará, por así decirlo, una enfermedad en sí mismo. En realidad, lo volveremos por pasiva, y cada persona comportará una descripción de su estado de salud. Esta descripción incluirá información amplia y muy diversa, entre la que se encontrará la descripción de su genoma. La información puramente biológica se completará con otras de carácter psicosocial o medioambiental.

Consecuentemente, en el mundo digital avanzamos hacia la individualización absoluta. Esto va traer una transformación radical del sector de atención personas por el lado de la oferta, hasta ahora orientado la gestión de segmentos de mercado.

Las organizaciones sociales del mundo digital prestaremos servicios universales. Todas las personas recibirán el mismo servicio. Sin embargo, un proceso absolutamente individualizado proveerá una solución diferente a cada persona. Un mismo servicio; una solución diferente.

14.- Complementariedad

Nuestras organizaciones se comportan como sistemas disipativos. Los sistemas disipativos son organismos estructuralmente cerrados pero energéticamente abiertos. Hablamos de organismos que intercambian constantemente energía con el entorno. Así habrán de ser nuestras entidades: capaces de intercambiar energía. Como dice Peter Atkins (El dedo de Galileo), “la energía es verdaderamente la moneda de la contabilidad cósmica”.

Por lo tanto, una estructura disipativa es una entidad cooperadora. La implicación más profunda es la necesidad de desarrollar redes de colaboración para encontrar modelos donde todos intercambiemos energía y nos complementemos mutuamente.

 

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El tercer estadio

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Ylia Prigogine (premio nobel de química) nos describió en “La nueva alianza” el cambio de paradigma que supuso el formidable avance de la ciencia durante el siglo XX. La física newtoniana y el racionalismo cartesiano nos proyectaron un mundo antropocéntrico, en el que la razón humana parecía capaz de dominar el mundo. Esta presunta capacidad de dominio sobre la naturaleza creaba la ilusión de un mundo determinista, cognoscible, controlado, y por tanto estable. La inmutabilidad se constituía en un valor al alza.

Este mundo comenzó a tambalearse al ritmo de una ciencia que nos describió una realidad muy diferente. Nos movemos en el escenario de un universo en permanente cambio y transformación; una realidad imprevisible y esencialmente espontanea que no responde a postulados matemáticos deterministas, sino probabilísticos. La nueva ciencia nos trasladó de un mundo estático a uno esencialmente dinámico.

La segunda mitad del siglo XX significó el punto culminante de aquella sociedad industrial, que sobre el dominio de la física clásica y el discurso del método fue capaz de maximizar la producción de bienes y servicios mediante la acumulación de capital, las economías de escala, la estandarización de los procesos de producción y la acción sistemática de planificación y control de los factores de producción.

Ese periodo de la historia económica del hombre está llegando a su fin, como consecuencia de una formidable disrupción tecnológica. El cómo valoremos e interpretemos el impacto que la tecnología está teniendo sobre la historia de la humanidad dependerá de dos factores. En primer lugar, deberemos fijarnos en el horizonte temporal a que nos refiramos. En segundo lugar, habrá que evaluar el impacto del desarrollo tecnológico desde un punto de vista multidisciplinar y no limitarse solo al análisis de la influencia que pueda tener en la mejora de la eficiencia productiva. Ciertamente, el nuevo mundo digital está provocando un efecto formidable sobre la comunicación humana y la forma en que interactuamos. Lo hace incluso sobre la gramática misma, fundamento de lo que somos.

Este nuevo tiempo tecnológico está impactando drásticamente sobre la forma en que las personas se relacionan y se organizan, esto es, en la manera en que empatizan. En definitiva, se está desmoronando el sistema de instituciones que se asocia a la sociedad tribal. Tal es la importancia del impacto que la técnica está ejerciendo sobre la propia humanidad.

A mediados del siglo XX, Karl Jaspers lo vislumbró con notable clarividencia. Murió en 1969 y no llegó a conocer la emergencia del mundo digital. Sin embargo, supo interpretar aquellos patrones universales que anunciaban la entrada en un nuevo periodo de la humanidad como consecuencia de un avance extraordinario de la tecnología.

Para Jaspers, el hombre, tal como lo conocemos, había superado tres grandes periodos. El primero de ellos se refería a la prehistoria. La segunda se correspondía con la etapa prometeica. Tras ella llegó el periodo en el que se desarrolló la era axial, un momento de la historia en el que se forjaron todos aquellos valores y creencias que han cimentado el significado de lo que representa la humanidad misma. Jaspers identificó el fin de esta era sustentada por el pensamiento axial y su reemplazo por una nueva cuyo origen estaba en la revolución técnica. En ese caso nos encontraríamos, desde un punto de vista evolutivo, en los albores del cuarto periodo de la humanidad.

El ser humano tiende a clasificar y categorizar la realidad como mecanismo evolutivo para interpretar el mundo que le rodea. Podemos dividir la historia e interpretarla desde muchos ángulos. Ray Kurzweil lo hace desde el punto de vista de la evolución biológica y tecnológica. Kurzweil identifica seis fases y, en su opinión, la humanidad se encuentra en los albores de la quinta. Esta nueva era en la que nos adentramos no es otra que la de la singularidad tecnológica.

Para Jean Guilaine, antropólogo francés, nos encontramos viviendo actualmente el fin del Neolítico, aquel periodo de la Historia en el que se constituyeron las estructuras tribales que han dominado la organización social durante los últimos ocho mil años. Estamos entrando en el tercer estadio de la humanidad: bienvenidos al Datalítico. Desde este punto de vista, toda la época del desarrollo técnico no es otra cosa que un proceso gradual que habrá de servir de tránsito hacia una nueva concepción de la organización social y de la humanidad misma.

No importa desde qué ángulo nos propongamos interpretar el periodo de la Historia en que nos encontramos. La conclusión necesaria es que el ser humano está viviendo una profunda transformación de su constitución más esencial. Cuanto mayor sea la perspectiva temporal con la que analicemos la cuestión, más profundas serán las connotaciones que detectemos. Todo indica que aquellos que se refieren al momento actual como la Tercera Revolución Industrial se están quedando manifiestamente cortos.

De acuerdo con Ian Morris, el catedrático de Historia de Stanford, cada etapa de la humanidad encuentra el pensamiento que necesita. Desde los tiempos de Karl Jaspers venimos observando el desmoronamiento del pensamiento axial, es decir, de los cimientos que sustentaron la interpretación de nuestra propia existencia. Esta visión del mundo que guio la humanidad durante dos mil quinientos años se encuentra en crisis. Sin embargo, no ha surgido un nuevo pensamiento que pueda reemplazarlo.

Necesitamos un nuevo pensamiento que, preservando las verdades inmutables y los valores universales que identificaron al ser humano durante todo este tiempo, nos sirva para transitar por esta nueva era tecnológica y digital. Necesitamos un nuevo pensamiento que actúe como aglutinante de una sociedad incrementalmente compleja y diversa. Un pensamiento que encuentre los elementos que nos unen y nos permitan defendernos ante los estertores de los residuos tribales que, en su ocaso evolutivo, infringen un daño demoledor.

Precisamos una nueva concepción del hombre: como ser individual y como ser relacional. De otro modo, el caos está servido: el proceso será largo y doloroso.

Atreverse a ser diferente

Grupo calle Liverpool

El Hombre es un animal social. Esto tiene, por lo menos, un origen evolutivo: es prácticamente imposible sobrevivir si vamos solos por la vida. Los seres humanos, como los lobos y los monos, vivimos en manadas y sociedades. Para que la sociedad funcione tenemos que llevarnos bien, y para conseguirlo, un mecanismo práctico es imitar lo que hace la mayoría.

El fortísimo deseo que tenemos de agradar a los demás tratando de parecernos a ellos se observa especialmente en la adolescencia. Los jóvenes establecen un criterio de lo que “mola” y tratarán desesperadamente de convertirse en ese arquetipo. Las modas van cambiando, por supuesto, y existirán grupos dispares, lo mismo que existen clanes o tribus. Pero será casi imposible no pertenecer al menos a una de esas tribus.

Yo he tenido la inmensa suerte de ser “del montón” y por tanto sentirme aceptado, querido y protegido entre la multitud. Nunca he destacado mucho, ni por encima, ni por debajo. Pero un día descubrí que esto no tenía ningún mérito, y que si quería progresar y entender las cosas importantes de la vida, tenía que fijarme en aquellos que no estaban tan arropados por el resto de la manada, y atreverme a salir de ese círculo de comodidad.

Recuerdo perfectamente miles de escenas de mi clase, cuando éramos niños. Seríamos unos cincuenta. Algunos destacaban en los estudios, otros en los deportes, y otros por su capacidad de hacer amigos. Unos por ser los más “malotes”, otros por ser los más “buenotes”. Al más delgado le llamábamos “palillo” y al más gordo “barrilete”. Pero de todas las posibles características que pudiera haber, una siempre brillaba sobre las demás. Algo que definitivamente te clasificaba entre los mejores o los peores. Algo que era lo único que realmente importaba a esa edad. El fútbol.

Y yo era tremendamente malo jugando al fútbol. Malo, malo, malísimo. Tan malo que no me ponían ni de portero. Siempre jugaba de defensa y mi única misión era tirarme a los pies de los delanteros del equipo contrario para molestarles lo más posible. Era auténtica “carne de cañón” futbolera. Mi portero habitual, Gustavo, a la defensa nos llamaba los “torpedos”, y nos lanzaba literalmente sobre el enemigo al grito de “¡Torpedo uno! ¡Torpedo dos! ¡Torpedo tres!”

Bien pensado, un grupo de cincuenta es suficientemente pequeño como para que siempre haya alguna característica que te haga destacar, ser el mejor o el peor, el primero o el último, y es posible que eso marque el resto de tu vida. Seguramente yo era el peor de todos jugando al fútbol, y esto me hizo fijarme en otros juegos, como las apuestas con cromos, lo que me introdujo tan joven en los rudimentos del mundo financiero.

Comprendí de primera mano asuntos como la escasez (ese cromo raro que nadie tenía), la especulación (“comprar” el cromo raro por otros cien con la intención de “venderlo” luego por doscientos), la información privilegiada (“un primo de Barcelona me ha dicho que el cromo de Petursson ya está saliendo en los kioscos”) y de esta forma experimenté ascensos vertiginosos en mi capital así como algunas bancarrotas mientras la mayoría de la clase perseguía el balón.

También recuerdo el día en que el profesor de gimnasia nos propuso correr el “maratón”. Se trataba de una prueba de resistencia. Una carrera larga, una prueba de fondo. Sinceramente, nunca me propuse ganar esa carrera y en ningún momento pensé que la ganaría. Ingenuamente creía que los mismos que siempre metían los goles en los partidos, mis ídolos Kerman y Xabi, serían los primeros en llegar a la meta. Pero no fue así. Los corredores se iban cansando, algunos se retiraron. Mientras tanto yo seguía corriendo con todas mis fuerzas, con las mismas ganas y el mismo empeño que ponía en jugar bien al fútbol sin ningún éxito.

Llegados a este punto es cuando un coach deportivo diría que esa prueba era más psicológica que física. Diría algo así como que “las características físicas, con las que uno nace, son más difíciles de cambiar. Pero la mente es muy flexible, y cuando alguien se propone hacer algo y pone en ello todo su empeño, lo logrará”.

Estoy básicamente de acuerdo con eso, pero hay algo más, que es lo que quiero comentar ahora. Cuando gané la carrera, me sentí solo. Me sentí vulnerable, exactamente igual que cuando no era capaz de jugar bien al fútbol. Me di cuenta de que tanto los primeros como los últimos tienen algo importantísimo en común: nadie les puede marcar el camino. No hay otro a quien imitar. Y esto, aunque inquieta, es un grandísimo regalo ya que abre la puerta a desarrollar las capacidades que uno tiene, ignorando completamente los límites que nos marca la vulgaridad del rebaño.

Y es que no tiene mucha importancia ganar o perder, ser el primero o ser el último: siempre encontrarás alguien mejor o peor que tú. Lo que realmente importa es desarrollar esas capacidades que todos tenemos dentro, y que nada ni nadie, ni siquiera uno mismo, nos impida hacerlo. Yo aquel día descubrí que había algo más importante que agradar y querer parecerme a los demás, que era ser honesto conmigo mismo, ser auténtico y desarrollar mis propias capacidades, fueran las que fueran. Atreverme a ser diferente.

Evolución y cuántica

planeta tierra

El científico Timothy Lenton ha dado pruebas de que la evolución depende mucho más de la interacción entre las especies que de la interacción entre individuos de la misma especie, así que la evolución se convierte más en una cuestión de supervivencia de los grupos más adaptables, que de los grupos más adaptados.

Lepton, de esta forma, suscribiría la hipótesis sobre Gaia de James Lovelock, que sostiene que el planeta Tierra con todas sus especies conforma un organismo vivo e interactivo.

Sería, también, el razonamiento ecológico basado en la conjunción de distintas disciplinas científicas bajo la idea de considerar a la naturaleza como un todo, como un organismo, es decir, un mismo cuerpo con un mismo hálito vital.

Por mi parte, todo lo que he formulado sobre el “homúnculo cuántico”, la libertad del ser vivo y el mismo “apunte sobre la consciencia” conduce a una profunda revalorización de la “consciencia animal”, como emergencia de una nueva cualidad, que es la misma que alienta en nosotros. Habrá diferencias cuantitativas, pero cualitativamente todo ser vivo encierra en sí mismo un germen de libertad, voluntad, deseo y por ende de sensibilidad.

En cuanto aval de la supuesta conexión cuántica de la vida, me hago eco de dos recientes descubrimientos.

En primer lugar, la revista del MIT, Technology Review, refleja en un artículo que los procesos de entrelazamiento cuántico podrían explicar la forma en que los pájaros se orientan en vuelo utilizando el campo magnético de la Tierra.

Un equipo dirigido por el Dr. Vladko Vedral, de la Universidad de Oxford, ha aportado varios elementos que completan y precisan los evocados con anterioridad por el Dr. Yannis Kominis, de la Universidad de Creta.

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En su opinión, los pájaros disponen de moléculas detrás de sus ojos, sobre la retina, que son sensibles tanto a los fotones de luz que reciben por el ojo, como al campo magnético terrestre. Cuando tales moléculas absorben un fotón, se genera un par de electrones “entrelazados”, de los que uno de ellos se transfiere a la otra parte de la molécula. En ausencia del campo magnético, la pareja de electrones entrelazados se unen restituyendo al electrón en su estado inicial. Mas el campo magnético puede modificar el spin de uno de tales electrones entrelazados, permitiendo a los dos recolocarse en un estado diferente. La molécula, pues, adopta entonces un nuevo estado que el pájaro puede percibir.

El estado de entrelazamiento podría ser mantenido “antes de la decoherencia” durante unos 100 microsegundos (mientras que en los experimentos físicos que se realizan en el laboratorio el estado de entrelazamiento no dura más de 80 microsegundos).

La utilización de fenómenos de entrelazamiento cuántico en los procesos de magnetorrecepción biológica estudiados, son sólo un subproducto de tales procesos, no su verdadera esencia. Es como si el organismo biológico, en su evolución, se hubiera aprovechado de esta propiedad cuántica que se encontraba disponible… Esto abre un horizonte fabuloso de investigación, pues es fácil suponer que tales entrelazamientos cuánticos podrían estar subyaciendo en el funcionamiento de células, cerebro y cuerpo.

El segundo descubrimiento hace referencia a la sugerencia y después confirmación de que el formidable proceso fotosintético es también un proceso cuántico.

Así lo puso en claro un estudio realizado por investigadores del Departamento de Energía del Lawrence Berkeley National Laboratory.

 

planta final

 

Como sabemos, la fotosíntesis consiste en una serie de procesos por los que las plantas y cianobacterias captan energía luminosa, transfiriéndola a los centros de las reacciones moleculares, convirtiéndola en energía química de forma casi instantánea y con una eficiencia de prácticamente el 100%.

Y es que obtuvieron evidencias directas de que la “coherencia cuántica” electrónica ondulatoria juega un importante papel en tal proceso de transferencia energética.

Según el primer responsable de la investigación, Graham Fleming, las características ondulatorias del fenómeno de coherencia cuántica podrían explicar la gran eficiencia de la fotosíntesis, al poderse probar simultáneamente todos los “caminos” o posibles vías de energía potencial antes de elegir el más eficiente de ellos.

El equipo de Fleming consiguió detectar, por medio de mediciones electrónicas espectroscópicas a una escala de femtosegundos (un femtosegundo es la milbillonésima parte del segundo), señales cuánticas u oscilaciones electrónicas coherentes, tanto en moléculas donantes como receptoras, generadas por excitaciones energéticas inducidas por la luz. Y tales oscilaciones se encuentran y se interfieren, formando movimientos ondulantes de energía (superposición) que exploran todas las vías de energía potenciales de manera simultánea y reversible, eligiendo las de mayor eficiencia energética.

Esta investigación ha sido posible gracias al desarrollo de una técnica denominada “espectroscopia electrónica de dos dimensiones”, que permite observar el flujo de excitación energética provocada por la luz en complejos moleculares y con una asombrosa resolución temporal.

Estos experimentos han demostrado que los procesos de transferencia energética implican una coherencia electrónica mucho más intensa de lo que se esperaba, lo que significa que tal proceso es mucho más eficiente de lo que clásicamente se imaginaba.

 

 

 

 

El Datalítico

Neolítico campo de trigo

Cuando éramos pequeños nuestros maestros nos enseñaron que el paso de la piedra tallada a la piedra pulida dio lugar a un nuevo periodo de la Historia llamado Neolítico. Sin embargo, es esta una visión muy reduccionista de lo que comportó tan impresionante periodo para la Humanidad.

Otros llamamos Neolítico al periodo que se inicia con el paso de la vida nómada a la sedentaria. Hubo un avance tecnológico mucho más transcendental que la mera técnica de pulir la piedra. Me refiero a la domesticación de plantas y animales. Con la llegada de  la agricultura, la ganadería y la vida sedentaria llegaron el orden social, nuevas jerarquías, la tribu y nuevas formas de pensamiento colectivo. El ser humano había puesto en marcha la sociedad tribal; una sociedad basada en el ideal de estabilidad. Cada nueva disrupción tecnológica provocaba una alteración de los equilibrios de fuerzas entre las distintas regiones de la tierra, pero la mente llevaba siempre a los humanos a soñar con restaurar el orden anterior.

Las disrupciones tecnológicas que alteraron los equilibrios de fuerzas entre los distintos grupos humanos y dieron lugar al desarrollo social normalmente tuvieron que ver con el acceso a la energía, el acceso a la información, la capacidad de gestionar el incremento de la complejidad y, como no, el poder militar. Esta es al menos la tesis del historiador y profesor de la Universidad de Stanford Ian Morris.Foto datalitico tierra

Hoy vivimos un proceso de profunda disrupción tecnológica. Hace cuarenta años no disponíamos de ordenadores personales, telefonía móvil, Internet, líneas ADSL, correo electrónico, redes sociales, Smartphone o tabletas. Ninguno de estos avances por sí solo es capaz de acabar con un estadio de la Humanidad. Sin embargo, una última derivada de la ecuación representa la palanca definitiva que nos llevará a un nuevo periodo de la Historia. Me refiero al Internet de las cosas. El mundo se está interconectando a una velocidad vertiginosa. Esto significa la globalización absoluta. Un mundo interconectado es un mundo complejo. Un universo en el que sus partes interactúan de manera exponencialmente mayor. De esas interrelaciones surge una realidad cuyas propiedades son nuevas y diferentes a las de sus partes.

La nueva realidad ya no es estática ni inmutable. Todo se mueve, cambia y se transforma. No estamos habituados a escenarios tan dinámicos y perdemos nuestros referentes. Consecuentemente, entramos en crisis. Requeriremos nuevas formas de pensamiento para interpretar la realidad. Es preciso que nos reencontremos con los valores universales que rigen nuestra existencia. Será fundamental entender cuáles son los grandes patrones que subyacen en las relaciones humanas. Una palabra alcanza así un valor principal: cooperación.

El nuevo estadio de la Humanidad trae consigo un manejo exponencialmente mayor de datos relativos a cada persona y a su entorno. Esto modificará radicalmente la actitud de todas las organizaciones de servicios a personas. Dejaremos de segmentar, clasificar y categorizar a las personas. Desarrollaremos respuestas absolutamente individualizadas. Cada persona será una categoría en sí misma. Entramos en el concepto que Jeremy Rifkin denomina enfermedad singular. Y haremos todo esto manteniendo al mismo tiempo una visión ecológica del ser humano como sujeto que interactúa con su entorno.

Esta nueva aproximación al ser humano requiere nuevas herramientas tecnológicas pero también nuevos sistemas operativos, nuevos modelos de instituciones e, incluso, una nueva forma de pensamiento. Todo esto está llegando a gran velocidad. Este cambio ya se ha producido. Seguimos la flecha del tiempo y las cosas no van a volver atrás. Estamos viviendo el final del Neolítico, que en contra de lo que decían nuestros libros de texto infantiles nunca había finalizado. Hemos entrado en una nueva era: ha llegado el Datalítico.

Ciencia y creencia – El factor cooperación en la evolución

Foto ciencia estrellas

“¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?” 

–Chico Marx en “Sopa de ganso”

 

Me interesan las ideas. Mucho. Las examino, las desarrollo y las combino. También las pulo y las recorto. Idea es cada una de las frases de este artículo, que ha llegado a tener tres veces su longitud actual. Estoy convencido de que el método científico se basa en desarrollar ideas con libertad, honestidad y escepticismo. La falsabilidad de Karl Popper es entre otras cosas, una actitud.

Ahora les contaré un secreto: defiendo ideas, pero no las ataco en público. O si lo hago, será de la forma más discreta posible.

Un momento: si me gustan las ideas, es lógico defenderlas, argumentarlas y mejorarlas, pero ¿quién ha hablado de atacarlas? Ocurre que aún más que las ideas, me gusta la verdad, y ese es precisamente el objetivo de la ciencia: descubrir la verdad. O más bien, caminar hacia ella. Lamentablemente, se confunde una y otra vez el hecho de atacar y defender ideas, con el hecho de atacar y defender personas.

Dejémoslo claro de una vez. El buen científico no critica personas: critica ideas, y eso es bueno. Y cuando el buen científico ataca a las ideas mediante pruebas o razonamientos, de ninguna forma estará tratando de hacer callar las voces discordantes, sino todo lo contrario. La fortaleza de la ciencia se basa precisamente en la tensión entre ideas diferentes. Deben existir siempre esas voces diferentes, y como en la cita de Voltaire: “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo.

Sin embargo, una y otra vez se confunde el ataque a las ideas con el ataque a las personas. Las teorías no sólo se ponen a prueba en el laboratorio: también deben hacerlo en un contexto de divulgación. Y frecuentemente las personas son mucho más difíciles de “convencer” que los “hechos” materiales y los teoremas previos.

Otras veces ocurre lo contrario: si eres capaz de convencer a las personas, ya no hace falta convencer a los hechos.

Hay científicos que se obsesionan con una única teoría, y dedican años o incluso toda su vida a demostrarla y tratar convencer a los demás. No debería sorprendernos. Es perfectamente humano encariñarnos de unas ideas más que de otras, e incluso es útil para la ciencia, ya que cuando los científicos toman partido por una u otra idea, la defienden y la desarrollan apasionadamente, dedicándole toda su energía.

Sin embargo, no todos los científicos son así. Es más, en mi caso he comprobado que es posible desarrollar apasionadamente una teoría, y también la contraria, porque lo que realmente se está desarrollando apasionadamente es un tema de investigación.

En medio de un debate, cuando alguien me pregunta “¿Y tú qué crees?” o dice: “He leído tu artículo. En resumen entonces, ¿cuál es la teoría que tú defiendes?” tengo la sensación de que hablamos lenguajes diferentes, y que en realidad me están preguntando acerca de cuál es mi equipo de fútbol, cuando yo NO TENGO EQUIPO DE FÚTBOL.

Me explicaré. Por supuesto que creo ciertas cosas y, con creer, me refiero a que estoy muy seguro de ellas, algunas con más o menos probabilidad, pero todas con probabilidad muy alta.Foto pez

Creo que la evolución está produciendo incrementos de complejidad. No creo que haya una tetera de porcelana china orbitando alrededor de Marte. Creo que los mamíferos sienten con una intensidad igual a la de nosotros los humanos. Y creo que los peces también sienten dolor.

Para mí estas afirmaciones son tan obvias que me resulta algo excéntrico debatir sobre ellas.

Hay otras que en mi opinión están menos claras. Por ejemplo ¿debemos contener el gasto público o realizar inversiones para mejorar la situación económica? ¿Será el bitcoin la moneda del futuro? ¿Los moluscos son seres sintientes como nosotros? ¿Es más efectivo tratar de abolir la esclavitud que sufren los animales defendiendo la revolucionaria idea de que son personas, o en cambio debemos tratar de mejorar sus condiciones gradualmente?

Los enfrentamientos entre teorías de este tipo han sido notorios y creo que deberían sonrojarnos. He observado esta situación en Inteligencia Artificial, donde se debatía acaloradamente sobre los enfoques bottom-up y top-down para la creación de inteligencia. En lingüística acerca de la existencia o no de conocimiento innato, y en evolución acerca de la selección de grupos, o de la bondad o maldad intrínseca de los seres vivos y de la dirección de la evolución.

Este ha sido siempre uno de los temas más polémicos: ¿nos está llevando la naturaleza hacia una sociedad más cooperativa, o hacia una más despiadadamente competitiva?

Para unos, la selección natural ha fomentado el egoísmo y para otros, lo que provoca es el altruismo. Parece como si hubiera que tomar partido y no es así. En primer lugar, porque no se trata de elegir cuál de las dos opciones nos gusta más y tratar de convencer a los demás de ello. Esto me parece una actitud muy poco científica. Y en segundo lugar, porque existe una tercera opción.

La competición que se da en la naturaleza también se produce en el mundo de las ideas. Existe una fuerza conservadora, egoísta, que busca una convergencia rápida hacia una solución. La opuesta es la fuerza innovadora, altruista, que trata de explotar más a fondo el espacio de búsqueda. Ambas tendencias son útiles, deseables y contradictorias, por lo que se llega a un compromiso: la cooperación.

Es obvio que si defraudamos al prójimo, obtendremos un beneficio a corto plazo. Pero si alguien todavía duda del éxito de la cooperación, debe explicarme cómo ha sido posible construir una tostadora. Prácticamente todo lo que vemos a nuestro alrededor es obra de la cooperación humana.

La disyuntiva entre egoísmo y altruismo es similar a la que existe entre recoger beneficios y seguir apostando. Recoger beneficios está bien, pero no permite progresar más que hasta cierto punto. Si queremos más, debemos arriesgarnos a probar cosas nuevas.

¿Y quiénes están decididos a probar cosas nuevas? Aquellos a quienes el entorno les supone un reto. Los peces bien adaptados y exitosos no necesitaban ser anfibios ni mucho menos reptiles. Si un animal obtuvo ventajas fuera del agua es porque tenía problemas dentro de ella. Los adaptados son conservadores. Los que viven en un mundo incierto, en cambio, necesitan innovar para sobrevivir. La evolución por tanto es la línea del camino marcado por los inadaptados. El futuro viene de su mano.