¿Comprendemos la complejidad?

Foto complejidad ciudad

Asistimos a un periodo histórico caracterizado por una extraordinaria disrupción tecnológica. Los cambios tecnológicos que estamos viviendo son más profundos, rápidos y radicales que los que nunca ha vivido la humanidad. Esta profunda transformación se manifiesta en campos como la robótica, la nanotecnología, la física de partículas, las nuevas fuentes de energía, la biotecnología, la genómica, la incipiente impresión en 3D o el desarrollo de nuevos materiales.

A todos estos avances debemos añadir el formidable avance de las tecnologías de la información y las comunicaciones que actúan de forma transversal potenciando el avance de toda la ciencia, la industria y la sociedad humana en general. El desarrollo de los nuevos ordenadores orgánicos y cuánticos representará un salto cuantitativo en la potencia de computarización. Este progreso habrá de servir de palanca al desarrollo de todas las sociedades humanas y al impulso de todas las disciplinas del saber.

De todos estos desarrollos tecnológicos, existe uno que tendrá un particular impacto en la vida de todos nosotros. Me refiero al efecto que produce Internet, un fenómeno que está acelerando el desarrollo de una sociedad interconectada y global. El efecto inmediato de la sociedad interconectada es el incremento radical, exponencial y acelerado de la complejidad. Particularmente decisivo va a resultar en un futuro próximo todo lo relacionado con lo que se ha dado en llamar el Internet de las cosas. Según refiere Jeremy Rifkin (La sociedad de coste marginal cero), en 2007 el número de sensores conectados al Internet de las cosas ascendía a 10 millones y en 2013 el número ya rondaba los 3.500 millones. Las previsiones apuntan a que en 2030 el número de sensores se aproximará a los 100 billones. La conexión de terminales y personas va a modificar sustancialmente nuestras relaciones, los modelos de negocio, las instituciones de la educación, la cultura, la forma en que nos comunicamos, la información que manejamos e incluso las conductas y comportamientos de la gente. El ser humano está viviendo una evolución como ser individual y como ser relacional que alcanza incluso alteraciones (epi) genéticas relacionadas con la neurología y el funcionamiento del cerebro.

Estamos por tanto ante una profunda transformación de las sociedades humanas en lo que se ha dado en llamar la Tercera Revolución Industrial. Hablamos de un nuevo estadio de la tecnología cuyos efectos pueden resultar menos aparentes que los producidos durante las revoluciones tecnológicas anteriores, pero que sin duda alcanzan dimensiones que, aunque más sutiles, comportan niveles mucho más profundos. Esto es así por incidir en lo más trascedente de las relaciones humanas: en su forma de interacción personal, su manera de emocionarse, en sus actitudes, en sus creencias, en sus valores y en su pensamiento. Es el fin del hombre ilustrado: entramos en el mundo digital.

Un mundo interconectado deviene indefectiblemente en un mundo más complejo. En la medida que avanzamos aceleradamente hacia un mundo más conectado se incrementa exponencialmente su complejidad. Para poder transitar por este nuevo mundo, habremos de familiarizarnos con las implicaciones que los sistemas complejos comportan para nuestras vidas.

Lo primero que debemos comprender es que un sistema complejo es un elemento en el que sus diferentes partes interactúan dinámicamente. Avanzamos pues, hacia un mundo más dinámico, en permanente cambio y transformación. Este movimiento se acelera de forma exponencial en la misma medida que avanza la tecnología que lo produce.

Un mundo así es impredecible y, por tanto incalculable. Consecuentemente, ya no podemos planificar. Tal y como nos enseña Ilya Prigogine en sus lecciones sobre la nueva ciencia, habremos de acostumbrarnos a un mundo esencialmente espontáneo e irreductiblemente incierto.

Las variaciones que se producen en los organismos complejos son acumulativas. He ahí otra característica de todo tipo de entidades: la ontogenia. Somos producto de nuestra historia pasada.

Toda disrupción forma parte de la historia de la evolución. Ningún organismo, ya sea biológico o social, escapa de los patrones que rigen su devenir. Para llegar a aprehenderlos en toda su dimensión necesitaremos realizar una incursión por la nueva ciencia, desde aproximaciones –entre otras– al mundo de la biología, la cibernética, la antropología o los avances relacionados con las ciencias de la salud.

En este contexto, las personas necesitan herramientas para lidiar con la complejidad. Entender todos estos conceptos y las leyes que los rigen nos dotará de instrumentos para encarar un mundo exponencialmente más difícil de interpretar. Pero necesitaremos asimismo nuevos mecanismos, nuevos modelos de instituciones sociales, nuevos servicios y modelos de cooperación entre los seres humanos. Esto es, en esencia, ViveLibre: un humilde pero ambicioso proyecto que nos irá dotando de herramientas para gestionar –y dirigir– nuestra propia vida.

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